Acude Kiko Rivera al ‘Deluxe’, confiesa que no es feliz y llama su madre para decirle que con la que está cayendo no tiene derecho a quejarse. A grandes rasgos ese es el resumen de su noche. Tan significativo como tópico. Esa incapacidad de muchas madres por ver a su hijo infeliz porque creen que ese estado no es presentable. Qué gran equivocación. Quizás esas madres vean que tienen una parte de culpa –¡ay, la culpa!– en esa infelicidad e intentan mirar hacia otro lado. Pues, en algunos casos, sí, claro. Pero también es hora ya de explicarles que estar triste es tan natural como estar feliz. O dichoso. O sereno.

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Yo mismo he evitado mostrarme triste ante mi madre para evitarle preocupaciones cuando estoy convencido de que si me hubiese abierto con ella me hubiera ayudado a superar etapas conflictivas en mi vida. Pero me daba apuro que sufriera por mí. Con lo avanzados que estamos en la tecnología, qué poco hemos aprendido en el terreno de los sentimientos. Damos por sentado que la gente que tiene estabilidad económica no tiene derecho a estar triste. Que está feo compartir debilidades. Que lo suyo es mostrar siempre “dientes, dientes, que es lo que les jode”. Pero no. Huir de las zonas oscuras no es más que un pasaporte al lado más tenebroso de la realidad. Aceptar que todos tenemos puntos débiles nos hace más fuertes. Cada vez me cae mejor Kiko Rivera. Ha huido de la castañuela y el chiste fácil para empezar a plantearse las grandes preguntas de nuestra existencia. Y eso siempre duele.