Siete y cuarto de la mañana del sábado y el Mediterráneo todavía está a oscuras. Escribo desde la cama.Llevo una semana descansando en un lugar desde el que veo el mar cuando me despierto. Y todas las mañanas me hago la misma pregunta: ¿por qué sigo viviendo en Madrid? ¿Cómo no me he mudado a un sitio como este? Pues porque una vez que se te ha metido en el cuerpo a Madrid se la ama pese a ella. Pese a sus inconvenientes, sus incomodidades y su componente rancio, que también lo tiene. Una vez que has querido a Madrid, date por perdido.La llevarás en la sangre el resto de tu vida.

Ayer, mientras me estaba dando un masaje, la terapeuta me contó que su abuela vivía en la calle Sombrerete y su padre en la Cava Baja. Al escuchar esos nombres me levanté de la camilla como si hubieran accionado un resorte. Sentí una punzada de nostalgia, un ligero encogimiento de alma que me retrotrajo al año 1995, cuando me mudé a la capital. Esas calles formaban –y forman– parte del Madrid que más me gusta: el castizo, el canalla, el de toda la vida y el de la gente joven que lo toma al asalto para exprimirlo hasta la última gota.

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Llevo una semana fuera de casa y echo de menos la ciudad, yo que tanto he abjurado de ella estos últimos años. Llegué aquí con un dolor de cabeza terrible. Yo lo achaco a los restos de la anestesia general de la operación del martes, no sé. Aterricé triste porque iba a estar sin mis perros casi dos semanas, cada vez me cuesta más despedirme de ellos. Lima, como siempre, me apartó la cara cuando fui a decirle adiós porque ella intuía que me largaba para varios días. Sé que se quedan en las mejores manos, con las dos personas que trabajan en casa, que los adoran y los miman tanto como yo. Pero me da mucha pena decirles adiós.

Ese mismo viernes, durante un masaje, me quedé medio dormido. Comencé a pensar en Travis, otro de mis galgos, y en mi mente lo acariciaba como si lo tuviera delante de mí. Sentía el tacto suave de su cuello, mis manos recorriendo con delicadeza su cabeza cuando de repente me desperté y me di cuenta de que estaba acariciando el brazo de la terapeuta como si fuera Travis. Qué vergüenza me dio. Le pedí perdón abochornado, intenté explicarle como pude lo que me había sucedido y ella, que ya me conocía de otras veces, me dijo con toda la tranquilidad del mundo: “No te preocupes. Has tenido un viaje astral. Y Travis ha advertido tu presencia”. Y la creí.

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Durante los días previos a mi operación estuvo mi madre en casa y me contó que se volvió loca buscando unos pintalabios que se había comprado: “Jorge, te juro que los dejé en un cajón del armario. Y al ir a buscarlos no estaban. Yo no entendía nada. Y venga a remover cajones pero nada. Hasta que me cansé y me dije “pues nada, ya aparecerán”. Y así fue. Al rato volví y ahí estaban, donde los dejé. Le conté lo que me había pasado a una amiga y ella me dijo que eso lo había hecho tu padre, que a veces los muertos juegan a escondernos cosas”. Y también me lo creí.

Estoy en una época de mi vida en la que todo me viene bien. Me creo lo que me cuentan, no intento buscarle trampa o doblez a las cosas. Confío en la gente, en las buenas intenciones y en la justicia íntima, esa que todos llevamos dentro y que cuando no se malea ni se vicia ni no te engaña y te ayuda a conocerte. Y sobre todo a perdonarte, que es una de las grandes asignaturas del ser humano. Saber reconciliarse con uno para entender mejor el otro. Si nos castigamos y juzgamos permanentemente ¿cómo vamos a ser capaces de entender, comprender, aceptar y querer al prójimo? Siete y cuarenta dos de la mañana y la luz pugna por dejarse ver en el Mediterráneo. Arriba. Hay que vivir.