El jueves me cuesta conciliar el sueño.Hemos estrenado y, encima, antes de empezar la función me entero de que en el patio de butacas está el crítico de El diario vasco, al que califican de duro y muy riguroso. Así que mientras intento dormir pienso en la crítica del día siguiente. Me pasa como cuando estreno un programa: que estás inquieto hasta que te dan el resultado de la audiencia. Hacia las diez de la mañana me la pasan: es muy buena. Respiro aliviado.

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He aprendido a convivir con las críticas televisivas, llevo más de veinte años en el negocio. Pero las teatrales me desestabilizanporque todavía no estoy entrenado y porque a veces afectan a profesionales que se ven dañados por mi popularidad. Me pasó con el estreno de mi primera función en Málaga. Fueron demoledoras conmigo y no prestaron atención a lo que me rodeaba: texto, dirección, compañeros. Tuvieron una repercusión tremenda: coparon titulares y no había entrevista en la que no se las mencionara.

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Reconozco que ahí fui fuerte: otro en mi lugar quizás hubiera abandonado. Pero resistí, también porque aunque las críticas fueran horrorosas, las ovaciones del público que reventaban los teatros eran atronadoras. Seguí, como siempre, gracias al público. Y al apoyo y la confianza que siempre tuvo en mí Juan Carlos Rubio, autor y director de mis tres funciones y de las que vendrán. Esta profesión es complicada por muchas cosas. Porque, aparte de un montón de factores, es fundamental que tengas olfato para rodearte de gente que sepa, que te cuestione, que no te baile el agua, que te contradiga, que te enseñe. Yo lo tengo. Tanto en la televisión como en el teatro trabajo con los mejores. No existe otra forma de evolucionar.