Siempre he querido ser artista. Si me hubieran dejado elegir habría tirado por ser cantante, pero mi padre y un profesor de la EGB frustraron mis sueños desde bien pequeño. Recuerdo que durante una clase estábamos cantando todos los alumnos ‘Estudiantina portuguesa’. Tendría yo la edad del pavo y estaba en pleno proceso de cambio de voz.

El caso es que mi profesor se acercó a escuchar mis trinos y dijo que ‘nones’ con la cabeza. Lo pasé muy mal, no puedo mentir. Pero lo peor fue un día que estaba trasteando con una guitarra y cantando en la habitación de mi casa y mi padre se levantó del salón comedor para sacar la cabeza por la puerta y decirme: “Jorge, hijo. Afina un poco”. Fue tal la vergüenza que sentí que a partir de entonces jamás volví a cantar. Esa advertencia de mi padre destruyó cualquier veleidad canora que pudiera albergar en mi corazón.

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Visto que la naturaleza parecía que no me había llamado por ese camino fabulé con la idea de ser actor. De teatro. Pero jamás se me pasó por la cabeza ir a una escuela a formarme porque tenía tanta vergüenza que con solo pensar que tendría que superar alguna prueba o hacer de árbol caduco en un ejercicio me provocaba un colapso emocional cercano al parraque.

Yo quería ser actor, pero en Madrid. Abandonar mi Badalona natal e iniciar una carrera en los escenarios, pero ya de protagonista, no se me pasaba por la cabeza que tuviera que empezar diciendo tres o cuatro frases en una obra. En esa época mis delirios de grandeza eran tales que el mismísimo José Antonio Avilés no era más que una célula a mi lado. Mitificaba Madrid. Me encantaban las novelas que se desarrollaban en la capital y recuerdo que mientras estudiaba Filología Hispánica mi amiga Gloria y yo estábamos enganchados a ‘Chicas de hoy en día’. La serie, dirigida por Fernando Colomo e interpretada por Carme Conesa y Diana Peñalver, narraba las aventuras y desventuras de dos aspirantes a actrices en la capital.

Tal y como soñábamos, Gloria y yo acabamos viviendo en Madrid. Podemos pasar veinte años sin vernos –literal–, que la vida nos vuelve a unir de la manera más estrambótica, así que estamos condenados a acabar juntos. Y yo encantado porque es una de las personas más especiales que me he encontrado en mi vida. Le pasan cosas que nunca le pasan a nadie. Ha trabajado en profesiones rarísimas que a ella le parecían de lo más normal. Hasta que se la recomendé a J., una de las primeras –y mejores– personas que conocí en Madrid. La contrató para su oficina de representación –de esto hace ya muchos años– y la semana pasada J. me envió un mensaje que decía: “La verdad es que te tendré que agradecer siempre que me presentaras a semejante personaje”.


Pero a lo mío, que me pierdo. No me hice actor ni me vine a Madrid a comerme el mundo del teatro porque era un cobarde. Porque para dedicarse a esta profesión hay que tener unas dosis de valentía, generosidad y entrega que yo en aquel momento no tenía. Para ser artista hay que echarle mucho valor a la vida y hoy más que nunca debemos reivindicar el trabajo de todos los que conforman el colectivo y exigir ayudas para ellos porque en esta travesía van a salir muy perjudicados.

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Desde que yo era pequeño tengo instalada en mi cabeza la idea de que los artistas nadan en la abundancia. O al menos esa es la idea que la sociedad tiene del colectivo. Los imaginamos disfrutando de una plácida existencia en inmensas mansiones, viajando sin parar y alojándose en suntuosos hoteles. Trabajando muy poco y ganando mucho. Alguno hay, claro, pero la realidad de esta profesión tiene poco que ver con nuestra imaginación. Yo he llegado al teatro tarde, pasados los 40, con una carrera ya hecha en la televisión y con la tranquilidad que da saber que esa no iba a ser mi principal fuente de ingresos. Lo que no quiere decir que no me haya tomado en serio subirme a un escenario.

De hecho, ser una persona conocida me obligaba a ofrecer espectáculos impecables para que la gente que acudía a verme por el efecto de la popularidad de la televisión no se sintiera engañada o defraudada. Trabajar en el teatro me ha servido para conocer de primera mano la dureza de la profesión. Sueldos muy ajustados, trabajos muy intermitentes, temporadas en casa esperando a que suene el teléfono. Lógicas inseguridades al ser una profesión en la que dependes del gusto de los demás: directores, productores, público en última instancia. Y si a eso le añadimos gobiernos que no han fomentado la cultura ni han protegido la figura del artista nos encontramos con un panorama desolador.

No entiendo cómo en España valoramos tan poco a un colectivo que nos hace la vida tan agradable. No hablo de actores. También de cantantes, de bailarines. De técnicos. Gente que de alguna u otra manera nos está ayudando a soportar esta cuarentena, ya sea con películas, con series, con espectáculos de danza que podamos rescatar por la red. La cultura es un alimento fundamental para el desarrollo del ser humano. La cultura nos hace más libres y por eso hay partidos que se empeñan en desacreditar a todos aquellos que fomentan las dudas, las inquietudes, el libre pensamiento. No podemos dejar desprotegidos a toda esa gente que nos ha hecho más felices.

Ha llegado la hora de dar un paso adelante y proteger a esas personas que con su talento nos ayudan a soñar y a evadirnos de una realidad demasiado ramplona. Si miramos para otro lado, el drama se instalará en sus vidas y de alguna manera también en la nuestra. Porque sin cultura, la vida no tiene escapatoria.