Me entero de que se cierra Metro, una de las primeras discotecas gays de Barcelona. Creo que también fue la primera que yo pisé, con veinte años o así. ¿Cómo supe de su existencia? ¡Ay! Entiendo que a muchos de vosotros se os haga extraña esta pregunta, pero en una época en la que no existían Google ni Siri nos enterábamos de esas cosas de una manera que ahora nos parecería inverosímil. Por ejemplo, recuerdo que anualmente se editaba una guía llamada Spartacus en la que aparecían todos los lugares gays del mundo. Sí, repito, del mundo. Si querías viajar a Viena y encontrar un bar gay, a comprarte la Spartacus. Para muchos de nosotros ha sido la biblia, un ‘must’, que se diría ahora.

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¿Y cómo me enteré de la existencia de Metro? Creo que por un compañero de la facultad, no lo recuerdo muy bien. Lo que todavía tengo presente es el apuro rayando en la vergüenza que me daba entrar allí.Iba solo, primero porque no tenía amigos gays y segundo porque a mí me ha encantado salir de marcha sin compañía. Es la manera ideal para conocer gente. Ahora en España no lo hago porque con esto de la popularidad es más complicado. Si una persona que bebe sola en la barra de un bar ya llama la atención, imagínate tú una persona sola y popular. A lo que iba. Que me daba mucho apuro entrar en la discoteca y siempre aprovechaba que por la calle no venía nadie para meterme dentro. Así evitaba miradas maliciosas. Y luego ya dentro me pedía un gin-tonic, o dos, o tres
–los necesarios para que se me fuera la vergüenza– e intentaba ligar, porque yo siempre he salido con el objetivo de irme a la cama con alguien.

Discoteca Metro Barcelona
Getty

He pasado muchos viernes y sábados de mi juventud en Metro. Qué inquietantes esas mariposas en el estómago cuando entrabas en la discoteca fantaseando con lo que te ibas a encontrar. ¿Me enamoraré? ¿Encontraré por fin al hombre que me saque de las calles y no me obligue a salir cada fin de semana? Como todo lo importante en la vida, he amado y odiado a Metro. Ahora, 30 años después de mis primeras andanzas, lo recuerdo con una sonrisa. Asocio mi despertar sexual a esa discoteca.

Recuerdo salir de ella a las seis de la mañana y caminar hasta la plaza Universidad para coger un taxi que me llevara a Badalona muy caliente, casi húmedo, como la ciudad. O, en el mejor de los casos, salir sobre las dos o las tres de la madrugada con algún ligue, acabar en su casa y después de terminar la tarea apresuradamente volver a la mía y entrar sin hacer mucho ruido para que mis padres no se despertasen. Casi nunca lo lograba. Abría la puerta del piso de San Roque e inmediatamente escuchaba a mi madre pronunciar mi nombre, con interrogación, para asegurarse de que era yo y no un ladrón. “Sí, soy yo”, supongo que respondería a media voz. Acto seguido, ella o mi padre me preguntaban por la hora. Yo siempre decía: “Las cinco”, y entonces oía ese chasquido de la lengua de mi padre que quería decir algo así como: “Qué horas de llegar, menudo juerguista”.

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Cierran Metro y vuelvo a mi juventud. A esa juventud que me empujaba a pensar que todos esos cuarentones que veía en la discoteca eran unos desgraciados por no haber encontrado ese amor de su vida con el que compartir fines de semana deliciosos. ¿Me encantaría recuperar algo de aquel chico tan romántico? Sí. Esa sensación de que en un momento alguien te puede tambalear una vida que, con los años, se va volviendo demasiado predecible. Brindo por el deseo y la incertidumbre. Y por ti, Metro. Por los sueños, las alegrías y los desencantos que me hiciste vivir.