Llegué a Madrid en septiembre de 1995. Lo he contado más de una vez: desde pequeño soñaba con vivir en esta ciudad y desde el primer momento que puse los pies en la capital supe que era mi lugar en el mundo. La ciudad mitificada jamás me defraudó. Me encontré con un lugar acogedor, abierto, cálido y, fundamentalmente, amable. Hace 25 años que vivo en Madrid y la ciudad ha cambiado, pero no precisamente para bien. Poco queda de aquella capital culturalmente inquieta, cosmopolita y siempre dispuesta al entendimiento. La ciudad se ha convertido en un lugar donde prima el resentimiento, la queja constante, la pelea absurda. Si antes se caracterizaba por su generosidad, ahora impera la cultura del “sálvese quien pueda y nosotros los primeros”.

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Almuerzo con Ángel Gabilondo, el candidato del PSOE a la presidencia de la comunidad. Qué agradable conversar con un político reflexivo que no se expresa a golpe de tuit, educado y nada faltón. Porque lo que se lleva ahora son las peleas de callejón repletas de zascas con poco fuste intelectual. Charlo con Gabilondo y coincido con su modelo de sociedad. Una sociedad en la que no tenga cabida la pelea constante y se luche por la felicidad de todos y cada uno de los que vivimos en ella. Sean cuales sean nuestros orígenes, nuestros pensamientos y nuestras orientaciones sexuales. Porque el próximo 4 de mayo, en Madrid, están en juego muchas cosas. Y una de ellas es que podamos ir paseando por la calle sin temor a que se nos insulte o se nos agreda.

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La victoria de unos puede ser el acicate perfecto para que los enemigos de la diversidad se envalentonen y conviertan nuestra comunidad en un reducto donde reine ese pensamiento totalitario que no tolera de ninguna de las maneras otra forma de pensar y de sentir que no sea la suya. Votaré a Ángel Gabilondo porque creo en su Madrid. Y porque a partir del 4 de mayo quiero vivir en una comunidad en la que prevalezca la paz y no esos miedos rescatados del imaginario franquista más recalcitrante.