Cada vez soy más fanático de los periodos de reflexión

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Casa museo de Amalia Rodrigues en Lisboa

Hay semanas en las que aparentemente no pasa nada. Y pensamos que durante esas temporadas la vida se nos está escapando a chorros porque no disfrutamos de esas aventuras excitantes que goza el vecino. Tienen muy mala prensa esos periodos reflexivos pero yo soy cada vez más fanático de ellos. Porque te obligan a parar y a pensar. A enfrentarte a tu realidad, a valorarla y a intentar tomar decisiones para cambiar aquello que no te está haciendo feliz. Oído en alguna entrevista a Nacha Guevara: “La verdadera locura es seguir haciendo lo mismo para cambiar aquello que no nos gusta”. Qué razón tiene. Tenemos detectados nuestros puntos negros pero intentamos eliminarlos siguiendo los mismos patrones de comportamiento.

Ha sido esta una semana rara. La comencé en Lisboa, donde visité la casa de Amalia Rodrigues. Es una de mis cantantes favoritas y me impresionó pasear por esa casa que había visto infinidad de veces en entrevistas: el salón en el que recibía a sus amigos, la recogida sala de lectura, su habitación repleta de imágenes religiosas… ¡Y el papagayo! Ese papagayo que le ha sobrevivido –Amalia murió en 1999- y al que siguen cuidando primorosamente. Abandoné Lisboa con una sensación agridulce por motivos personales que no vienen la caso y he pasado el resto de los días refugiándome en el trabajo, que es ese lugar del que a veces quiero huir pero que me proporciona más estabilidad de la que imagino.

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