Sábado, 12 del mediodía. Ligero dolor de cabeza provocado por haberme acostado tarde y despertado como de costumbre, a eso de las 8 de la mañana. Ayer, segunda entrega de ‘La última cena’. No sé qué pasa que estoy deseando que llegue la hora para ir a trabajar. Bueno, sí sé lo que me pasa: que no me gusta la realidad. Que la están convirtiendo en un espeso y pringoso lodazal en el que no te apetece reparar ni medio segundo de tu vida. Antes consideraba que la gente que no estaba al tanto de lo que sucedía a su alrededor me parecía un rollazo. Me parecía imperdonable que una persona no supiera lo que estaba sucediendo en política, quién era tal o cual ministro, qué polémica estaba ocupando la primera página de los periódicos. Ahora estar al tanto de lo que sucede me parece tóxico, nocivo, perjudicial para la salud mental. De ahí que refugiarme en las batallas de ‘Sálvame’ me parezca balsámico.

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Amo ‘La última cena’ por impredecible en estado sumo. Lydia que se largó a su casa, Mila que acabó descompuesta de cansancio, Montero disfrutando como un chaval travieso. Y yo que soy incapaz de presentar un programa si tengo un plato de comida delante. Por el pinganillo Alberto –el director– no dejaba de repetirme: “Pero deja de comer”. Y yo no podía. Es como aquel meme que es más o menos así: “A veces escucho una voz que dice: ‘Juana, deja de comer’. Y, como yo no me llamo Juana, sigo comiendo”. Es decir, que si estas fueran unas líneas pegadas a la actualidad tendría que hablar de la cochambre que rodea a la política. ¿Pero para qué?