“Cuando entré ahí me daban tres meses de vida”. El que habla es Ricardo Bofill Jr., hijo del prestigioso arquitecto que lleva el mismo nombre. Lo hace desde una suite con terraza en lo alto de la Clínica Quirón de Barcelona. Es el año 2002 y lleva unas dos semanas ingresado. Sus adicciones, esas de las que casi acababa de enterarse su hermano, se habían desbocado. Tocaba poner freno y hacerlo lo antes posible. Por el camino, el buen nombre de su familia, su prometedora carrera profesional y un fallido matrimonio que ocupó páginas y páginas de la crónica social. Mucho antes de que Íñigo Onieva desmontase la vida de Tamara Falcó, estaba él, Ricardo Bofill, y también ella, Chábeli Iglesias. Y eso que entonces sí tuvimos boda.

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“Mi padre me aconsejó un doctor, una eminencia apreciada internacionalmente. Me reconoció y recomendó el ingreso inmediato. Ni un minuto más”. Cuando Ricardo Bofill hijo recibió al escritor y también arquitecto Miquel de Palol en su habitación del hospital le quedaba solo un día para terminar su rehabilitación. Vigoroso y con ese alocado encantado que había seducido años antes a la hija mayor de Isabel Preysler, se empeñó en quitarse la camiseta para que le hiciesen fotos. “Que se vea que estoy cachas”, recogía, no sin un poco de sorna, el reportaje de 'Crónica' donde se plasmaba la visita. Ni una mención a Chábeli, ni a los Iglesias, ni a su exsuegra. El pasado no existía para el joven Bofill.

Una boda en la que todo salió mal

La prisa por casar a Chábeli Iglesias era una constante cada vez que esta aparecía en público. Heredera del imperio Preysler, la primogénita de la reina de corazones estaba destinada a convertirse en su sucesora y eso, por supuesto, no se logra soltera. Empresarios de buen nombre, jóvenes de familias acaudaladas, hasta descendientes de regímenes con turbio pasado, cada nombre que aparecía al lado de Chábeli podía ser el elegido. No es de extrañar, claro, que cuando coincidió con aquel alocado Ricardo Bofill en un viaje a Marruecos a principios de los 90 se quedase prendada. Tenía entonces tan solo 22 años.

“Yo creo que nos casamos porque estábamos muy enamorados el uno del otro”, reflexionaría Chábeli años después. “Creo que me quería muchísimo, estoy convencida”. Tal vez deslumbrada por un carácter explosivo que poco tenía que ver con lo que había conocido hasta entonces, Chábeli se dejó llevar. No en vano, la presión no era menor. Al que iba a ser el gran día de su enlace se unía el morbo que suponía volver a ver posando juntos a Julio Iglesias e Isabel Preysler. Poco importaba, en realidad, la identidad del novio pero si este venía de una de las familias puntales de Cataluña, mejor que mejor. Una princesa merecía un príncipe a su lado.

Como era de esperar, todo salió mal en aquella boda. Celebrada un 11 de septiembre de 1993, en plena Diada, y en el Taller de Arquitectura de Ricardo Bofill padre, situado en Sant Just Desvern, los sueños de ver a su hija entrando en la iglesia como harían después las infantas se quedaron solo en la cabeza de Isabel Preysler. Ni siquiera el alcalde de la ciudad quiso oficial del enlace por no celebrarse en “un lugar sagrado”. La tarea de casar a la pareja acabó recayendo en la juez de paz del municipio, Inmaculada Castellví, que tan pronto combinaba sus tareas oficiales con la regencia de la panadería que llevaba su nombre. Esto, la verdad, a Tamara Falcó no le hubiese pasado.

Ricardo Bofill Chabeli Iglesias

Chábeli Iglesias junto a Ricardo Bofill en sus años más felices

Gtres

A punto de fugarse

“El día de mi boda con Ricardo Bofill mi padre me dijo: ‘Chábeli, tengo el avión a diez minutos de aquí; nos vamos todos y les dejamos con la boda’”, contaría la propia novia años después. Para desgracia de muchos, no fue así. Posaron, brindaron y presumieron de una felicidad que entonces ya hacía aguas. La sombra de los hábitos disolutos del hijo del arquitecto no era un secreto para nadie. “A Ricardo le gusta vivir la vida. Es un bohemio de la vida. Un gran bohemio”, reconocería la propia Chábeli una vez finiquitada la relación. El eufemismo estaba claro. “Si yo hubiese sabido solo un poquito...” afirmaba Tamara Falcó ante las deslealtades de Íñigo Onieva. Está claro que una Preysler no reconoce la evidencia por muy cerca que la tenga.

Bofill empaquetó sus cosas, se instaló en un hotel en Miami y ahí empezó el principio del fin. “Hay gente que nace con fortaleza y hay gente débil, como mi ex marido, que se hunden en la miseria y no saben salir adelante”, se pronunciaba durísima Chábeli para El Mundo. “A mí me da pena de él, pero no ha sabido flotar y él sí que se ha hundido a la sombra de su padre”. La deriva en la que entraba el hijo del arquitecto no hacía más que terminar dándole la razón. Tras Chábeli llegó su tormentosa relación con Paulina Rubio, las apariciones habituales en programas como 'Crónicas Marcianas' o 'Tómbola' y un -aclamado- personaje público que acabaría por devorarle.

Retiro y redención

“Decidí que no quería seguir siendo famoso”. Ricardo Bofill se retiraba del foco tras su regreso a una 'normalidad' que no había conocido antes. “No me interesa tener una gran fama porque es peligroso”, explicaba a ABC. Aparecía el Bofill arquitecto. Centrado en continuar el legado de su padre y con su exposición reducida al mínimo, el exmarido de Chábeli renunciaba a conceder entrevistas y mantenía un perfil bajo que rompe tan solo en contadas ocasiones. Una de ellas, posiblemente la última, fue para limar asperezas con su pasado. Parco en detalles, reconocía que guardaba una relación cordial con la hija de Isabel Preysler. “Sé que está bien, al igual que Enrique y el resto de una familia fantástica y admirable”, explicaba, irreconocible, para Hola. Quién te ha visto y quién te ve.

Cuando Bofill abandonó la Clínica Quirón allá por el 2002, rehabilitado y recompuesto, quiso despedirse de todos con un “gracias a mi familia por haberme dado un futuro”. Y es que si algo nos ha quedado claro es que, sean Preyslers, Iglesias, Onievas o Bofills, todo empieza y acaba con una familia. Y que hay familias que son más familias que otras. Por fortuna o, la verdad, para desgracia.