Charlène de Mónaco ha vuelto a dejar descolocados más a extraños que a propios. La princesa nos tiene acostumbrados a una imagen pública fría y distante. Actitud que le ha hecho ganarse el título de la 'princesa triste'. Sin embargo, en este último Gran Premio de F1 celebrado en Mónaco ha dinamitado el concepto que teníamos de ella.

A morro y a lo loco, como quien se bebe la vida intensamente (o los charcos), la esposa del príncipe Alberto se hacía suya la botella de champán con la que brindan los campeones en el podio, y le daba un trago que la dejaba temblando. Mostraba su lado más desenfadado y divertido, acompañado de carcajadas burbujeantes y gestos cariñosos hacia su marido. ¡Charlène se convirtió en el alma de la fiesta! Lo nunca visto. O, como mínimo, muy poco habitual.

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Pero la diversión arrancó para ella la noche antes a la carrera de bólidos. Según publica un portal de noticias, Charlène Wittstock acudía ataviada con un espectacular y sugerente vestido negro con espada al aire a una exclusiva fiesta en el yate de Sir Philip Green, dueño de la firma de ropa Topshop. La princesa de Mónaco acudía sin Alberto, quien se encargaba a la misma hora de presidir un evento organizado por una marca de relojes de lujo en otro barco.

La ocasión no podía ser más perfecta para 'regalarse' una noche de 'soltera', libre de disfrutar de a compañía de otros hombres sin protocolos de por medio. La exnadadora sudafricana desplegó sus armas de seducción y su simpatía, y disfrutó de risas y confidencias con uno de los invitados, con el que se la vio de la mano, antes de compartir un baile.

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