En aquellos años 80 Miguel Bosé apenas se hablaba con su padre, a pesar de que se habían fumado ese porro juntos y se habían sincerado. Cuando se separaron Lucía y Dominguín, al que los amigos llamábamos Miguel, empezó una guerra entre ambos parecida a la de Rocío y Antonio David, aunque con las tornas cambiadas.

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“Es un machista, un mal padre y un mal marido, me ha puesto los cuernos, no soporto su forma de vida”, declaraba Lucía, mientras Dominguín, que la había abandonado por su sobrina Mariví, la alababa sin tasa: “Lucía es una mujer excepcional... Después de unos años llenos de conflictos, la invité a cenar y a partir de ahí nos convertimos en casi amigos. Cada día me llama por teléfono y me cuenta sus planes porque es muy inquieta... Si me necesitara se lo daría todo”. La hermana de Dominguín, Carmen, la mujer de Antonio Ordóñez, que estaba presente, apostillaba en voz baja: “Ya se lo ha dado todo... Mi hermano no tiene un duro y Lucía se ha quedado con la casa y los 10 picassos...”. El torero apuraba su enésimo cigarrillo rubio, fingía no escucharla y proseguía: “Lo que más agradezco es que los tres hermanos están muy unidos”.

Miguel Bosé 1

Miguelito sentía adoración por Lucía y Paola: “Mis hermanas son dos pedazos de bestias, son de una pureza y una honestidad brutales... Soy el más enano de la familia y el peor”. Y reía, súbitamente infantilizado. “Tenía una novia muy famosa que se enfadó mucho porque la dejé una noche en el hotel para salir con mis hermanas ¡y después me fui a dormir con ellas!”, añadía. Pero de pronto se abría la puerta del camerino y se oía el rugido de miles de adolescentes que lo esperaban con ansia caníbal, y se quejaba mientras se secaba el sudor con el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo trasero del pantalón: “¿Sabes qué me pasa, Pilar? Estoy harto de ser Miguel Bosé”. ¡Lo decía hace 38 años!

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