¿Pasar las fiestas de Navidad en España? “No”. ¿En enero, por su cumpleaños? “Ni pensarlo”. Juan Carlos I, que ha sido rey de España durante cuarenta años, “¡no va a volver!”. ¿No va a volver ahora? “Nunca”. Pregunto con un hilo de voz: “¿Pero se morirá fuera?”. “¡No tengas la menor duda!”.

Mi interlocutor, mi confidente desde hace muchos años, es rotundo y su tono algo solemne, ya que sabe que lo que me está contando desmiente portadas de periódicos, programas televisivos e intervenciones de popes indiscutidos de la profesión. Lo llamo varias veces para corroborar sus explosivas informaciones. “Créeme, Pilar, nunca te he fallado. ¡Lo que cuento no tiene vuelta de hoja!”.

Juan Carlos lleva en Abu Dabi desde el día tres de agosto. Ya se sabía, él el primero, que se iba para siempre, a menos que alguna causa judicial lo obligase a volver (circunstancia poco probable). Las negociaciones entre Carmen Calvo y Jaime Alfonsín habían sido muy tensas: desde hacía meses, la Moncloa y la Casa Real mantenían un pulso para ver dónde podía ir a parar ese rey que se había convertido en el elemento tóxico de la institución.

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El 24 de diciembre de 2019 ya decía a los amigos que llamaban para felicitarlo: “Es la última Navidad que paso en España, van a por mí”. Se intentó que ese exilio fuera en Portugal. Hubo una reunión preparatoria en Badajoz, pero al final el Gobierno portugués se negó para no entrar en conflicto con sus vecinos.

Se buscó otra monarquía europea, pero las consultadas también rehusaron. Y así se optó por Abu Dabi, país que Juan Carlos conocía bien, pues lo había frecuentado junto a Corinna, e incluso gracias a sus desvelos había conseguido que los árabes construyeran un parque tecnológico en Sevilla, con una fuerte inversión. Su ‘hermano’, el jeque Mohamed bin Zayed, dijo que lo consideraba su invitado de honor y ofreció todo tipo de garantías para proteger su privacidad. También los cuidados médicos más sofisticados del mundo.

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¿Qué sintió el Rey cuando metió sus cosas en un par de maletas y abandonó el que había sido su hogar durante casi sesenta años? A pesar de que la familia sabía que se iba para siempre, ¡nadie fue a despedirlo!Ni Sofía, disfrutando de sus vacaciones en Marivent; ni el hijo, en su casa a diez minutos; ni sus hijas, Elena en Palma y Cristina en Bidart con su suegra. ¡Ni siquiera los nietos, a los que tanto ha favorecido! El hombre más halagado del mundo a cuyos pies ponían cotos de caza, regalos fabulosos, mujeres, cheques en blanco, al que llamaban por teléfono desde la reina de Inglaterra hasta el papa, estaba solo en esa hora tan negra. Únicamente una persona fue a rendirle homenaje, el general Sanz Roldán, amigo entrañable que había sido director del CNI. Él sí se emocionó al ver que por la puerta salía, una vez más, un rey de España rumbo al exilio. Se irguió y se llevó la mano a la sien, pero don Juan Carlos lo abrazó con torpeza y ese fue su único contacto humano.