No es por maldad

Así fue mi noche de amor con Julio Iglesias (I)

Julio Iglesias Pilar Eyre
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12 de septiembre de 2018, 07:00 | Actualizado a

¡Sí, tuvimos una noche de amor! Era verano, mediados de los 80, Ibiza. Tenía que ir a la madriguera del monstruo para entrevistarle. Julio me recibió en su hotel, en el campo, iba con bañador Meyba, una camiseta descolorida que ponía ‘Julio Iglesias Tour’, descalzo, tenía los pies largos y una pierna algo más delgada que la otra. Me preguntó con sorna: “¿Para Interviú? ¡No pretenderás que me desnude!”.

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A su alrededor, hombres silenciosos y chicas escandinavas con biquinis minúsculos. “¿Quieres café?”. Hablamos, fumaba, pensaba mucho las respuestas: “Me mueve el ansia de éxito”, “detesto el futuro, porque en el futuro está la muerte”, “no me gusta bucear porque los peces no saben aplaudir”, “¿Isabel? ¡La madre de mis hijos! ¡Nada más, lo juro!”, y se ponía la mano en el pecho, reía arrugando la nariz, guiñando los ojos. “Quiero más a mi padre que a mis hijos porque mi padre se va a ir primero”, “todas las mujeres son LA mujer”, “necesito estar con una mujer antes de salir al escenario”, “hacer el amor sin amor es como hacer gimnasia”, “hay dos cosas que no he hecho nunca: no he participado en una orgía, ni he tenido relaciones homosexuales”. Y también, la confesión final: “Si no duermo abrazado a un cuerpo de mujer tengo pesadillas”.

De vez en cuando, se inclinaba hacia mí como un niño desvalido: “Me entiendes, ¿verdad?”. El machista irredento que se había acostado con 3.000 mujeres, en realidad era débil, vulnerable, se frotaba la cadera como si le doliera… A las diez nos fuimos a cenar a Ibiza, yo con mi sencilla ropa de reportera, él se puso pantalones largos y un jersey sobre los hombros, con las mangas anudadas al cuello. A la entrada del restaurante, le compró una flor a una gitana y me la puso él mismo detrás de la oreja mientras canturreaba: “Por el amor de una mujer…”.

Nos sentamos en un rincón, pero, apenas, comíamos. Nos mirábamos a los ojos, él fumaba entre plato y plato, tenía una rara sonrisa algo torcida, desde la barra nos espiaban con envidia. No me lo podía creer. ¡Estaba con Julio Iglesias! ¡Y le gustaba! Y en la isla donde habitaban las mujeres más hermosas...

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