¡La noche de bodas de Juan Carlos y Sofía! ¿Qué pasó esa noche del 14 al 15 de mayo de 1962, hace ahora 59 años? ¡Tenemos las claves para disipar el gran misterio! El multimillonario Niarchos, además de regalarle a Sofía un espléndido conjunto de diadema, collar y pendientes de Van Cleef con gruesos rubíes rodeados de brillantes, puso a su disposición su velero, el ‘Creole’, de 65 metros, con una tripulación de 16 personas. Ante el suntuoso camarote donde iban a dormir por primera vez juntos, Juanito y Sofi se quedaron boquiabiertos: estaba recubierto de moqueta blanca y alfombrillas de ciervo. Los muebles con veinte clases de madera diferentes, en las paredes cuadros impresionistas e iconos rusos… Y en medio de la suite, la cama.

Sementales de lujo

El cabezal había pertenecido a la emperatriz Carlota de México y el colchón era de la pluma más suave. ¡Lo que iba a pasar en esa cama era la razón por la que se habían casado dos personas tan distintas y tan poco enamoradas! “Los reyes son como sementales de lujo, su única obligación es aparearse con una vaca de raza”, había dicho con brutalidad el padre del novio, Juan de Borbón, para atajar sus reticencias, y la reina Federica se había apresurado a aceptar la candidatura del príncipe español para borrar la mancha de que su hija hubiera sido despreciada por el príncipe noruego. Juanito y Sofía llegaron al lecho matrimonial en condiciones muy distintas. Él era ducho en amores, había tenido relaciones sexuales desde que era casi un niño. Tenemos constancia de que a los 18 años mantuvo sexo completo con la ardiente condesa Olghina de Robilant en el incómodo asiento trasero de un Volkswagen, “después de besarme con sus labios caldi, secchi e sapienti”. La misma condesa contó en su libro ‘Reina de corazones’: “Se notaba que Juanito, a pesar de su juventud, se había acostado ya con muchas chicas”. Sofía, sin embargo, “era una especie de monja”, decían los amigos del príncipe. Pero, por si acaso, Franco les había puesto una ‘carabina’, el general Castañón de Mena, que no los debía dejar solos ni a sol ni a sombra. Así pues, la princesa se había mantenido virgen hasta la boda... y quizás incluso más allá. Ni Juan Carlos ni Sofía han hablado jamás de aquella noche, como es natural, pero contamos con el testimonio privilegiado e indiscreto de la abuela de Juanito, la reina Victoria Eugenia, a la que sus nietos llamaban Gangan, que relató los detalles en una carta a su prima Bee, abuela de Ataúlfo de Orleans, el último testaferro de Juan Carlos. Primero esparció algún cotilleo malicioso sobre la tacañería de Federica: “Le regaló a su hija cuatro pulseritas sin ninguna importancia, ¡con los collares tan valiosos de perlas que tiene!”. Después se refirió con maledicencia a su nuera, la pobre María de Borbón, que desde la muerte de su hijo Alfonsito vagaba sin rumbo de sanatorio en sanatorio por su dipsomanía y depresión: “María está más gorda que nunca, iba con un vestido muy inapropiado... Estuvo todo el día en las viñas del Señor, espero que nadie se diera cuenta”. Y después llegaba al meollo de la cuestión, ¡la noche de bodas! Juanito se había roto la clavícula un día antes de la ceremonia haciendo kárate con su cuñado y llevaba el brazo escayolado. Su abuela no cree que esa noche pasara nada: “Cuando llegaron al barco se dieron cuenta de que el yeso se había pegado a la piel y tenía el hombro en carne viva, apenas podía moverse. Sofía se pasó la noche arrancándoselo, centímetro a centímetro. Tenía dolores horribles, daba alaridos...”. ¿Habría tiempo y, sobre todo, entusiasmo para, entre cura y cura y en medio de unos padecimientos espantosos, cumplir con su obligación? “Yo también estaba hecho una mierda cuando me casé y a pesar de todo cumplí con tu madre”, le había advertido don Juan a su hijo al ver su deplorable aspecto físico. “¡Las princesas no hacen el amor, hacen dinastía!”, le repetía a Sofi su madre. ¿Harían dinastía esa primera noche?

Primera crisis

Al día siguiente, avisaron de que tenían visita. Era la entrometida reina Federica, que, con la excusa de visitar el fabuloso barco, se metió hasta el camarote nupcial para comprobar quizás la prueba tangible, a la manera del rito gitano, de que la pareja hubiera hecho dinastía esa noche. Parece que se quedó tranquila porque Juanito, a pesar de sus dolores, a pesar de que Sofía no le atraía, sentía en la nuca el aliento de veinte generaciones de Borbones conminándolo a consumar el matrimonio. ¡Como para no hacerlo! Pocos meses después la pareja atravesó su primera crisis. Juanito se reencontró con un antiguo amor portugués y la princesa, enfadada, se fue de Estoril a Atenas a refugiarse en los brazos de su madre. La ingresaron en un hospital y la prensa griega comentó que había tenido un aborto a causa de los disgustos que le daba el marido, “del que está al borde de la separación”. El Parlamento solicitó que, si era el caso, se devolviera la dote que se le había entregado por su boda. Juanito se asustó, volvió al redil y al cabo de un año nació Elena. Después Cristina, después Felipe y, a partir de ahí, no hubo necesidad de seguir haciendo dinastía.