Hay tragedias que evidencian la capacidad del ser humano para soportar situaciones de dolor indescriptible. El pasado jueves 6 de julio, Ian, un niño de dos años, murió tras permanecer fatalmente olvidado cerca de seis horas en el asiento trasero del coche de su madre, en la pequeña localidad gallega de O Porriño (Pontevedra). Seis horas estuvo el vehículo familiar estacionado en una explanada, soportando unas temperaturas que no es necesario ni recordar porque todos somos conscientes de cómo han subido los termómetros las últimas semanas. El pequeño murió a consecuencia del golpe de calor, según certificaron posteriormente los forenses encargados de la autopsia.

Una imagen terrorífica

Sobre las 15:45 horas de ese jueves, la mujer estaba en su mesa de trabajo y reprodujo durante unos segundos la instantánea de su hijo pequeño en la parte trasera del Peugeot 308 con el que había llegado al trabajo, seis horas antes, sobre las diez de la mañana. Sin aliento, descompuesta, y rezando a todo lo posible por rezar, la madre recorrió los 200 metros de distancia que separan la puerta principal de su empresa con el coche, deseando haberse equivocado. Suplicando no acertar en el recuerdo que ya le agitaba el corazón con un dolor insoportable.

El coche era un horno

Abrió las puertas y se encontró con su hijo en el mismo lugar en el que lo había dejado. Sentado en su sillita en la parte trasera del vehículo. Lo rescató de aquel horno y desesperadamente trató de reanimarlo. El pequeño había muerto a consecuencia del calor en algún momento de aquellas seis horas en las que permaneció olvidado por un despiste fatal. Ian habría cumplido tres años en otoño. A los gritos de la mujer en la explanada del parking se unieron rápidamente una compañera de trabajo y el vigilante de seguridad privada del aparcamiento, que presenciaron las infructuosas maniobras de reanimación. El vigilante alertó al 112, que envió una ambulancia que solo pudo certificar la muerte del menor y realizar una primera contención emocional a la madre, que no se desprendía del cuerpo de su hijo.

Alertada por una llamada

Mil veces reconstruyó la mujer los pasos que hizo aquella mañana. Como cualquier otro día, madre e hijo salieron de su casa sobre las nueve. La mujer aseguró al pequeño en su silla de la parte trasera. El niño iba profundamente dormido a aquellas horas. Absorta seguramente en sus pensamientos, la mujer circuló de forma automática hasta la empresa farmacéutica internacional en la que trabaja, dejando atrás la guardería a la que debía haber llevado a su hijo. Es posible que el niño siguiera dormido cuando su madre estacionó en el parking de la empresa. La mujer cerró las puertas con el mando a distancia y se dirigió a su despacho. La jornada laboral transcurrió con normalidad. Y nadie en el estacionamiento se percató de la presencia del menor en la parte trasera de aquel Peugeot de color blanco. Poco antes de las cuatro de la tarde, la mujer recibió la llamada de su marido. Telefoneaba desde la puerta de la guardería, donde había ido a recoger al pequeño. En cuanto aquella mujer escuchó mencionar el nombre de su hijo pequeño, el mundo se paralizó, y deseó más que nada en su vida comprimir esas seis últimas horas, rebobinar el tiempo con velocidad hacia atrás y rehacer el camino hecho. La mujer empezó a gritar y sin aliento recorrió a zancadas esos 200 metros que la separaban de su coche. No pudo hacer nada.

El pueblo, consternado

La tragedia sacudió la pequeña localidad de O Porriño y a sus 20.000 habitantes. De manera unánime se acordó posponer la fiesta estival de Porrigalia, una versión simpática de los juegos olímpicos en la que concurren romanos, griegos y egipcios en medio de puestos de artesanía y comida. Una celebración que nadie estaba con ánimos de afrontar. Ese fin de semana, el juzgado de Vigo que dirige la investigación por la muerte del menor autorizó a los padres dar sepultura a su hijo, tras una ceremonia de despedida íntima y una concentración de apoyo a la familia y un minuto de silencio que reunió a centenares vecinos del pueblo. Las banderas del Ayuntamiento lucieron a media asta y de manera natural el dolor de esos padres y abuelos se extendió por toda la localidad. Han pasado ya algunos días, pero los vecinos siguen sin poder creerse lo ocurrido y les cuesta dejar de hablar del suceso. “Son una gente de primera, y como vecinos, estupendos. Siempre conciliadores, siempre pendientes de sus hijos”, explicaba uno de los residentes en el mismo edificio de unos padres a los que les cuesta salir de casa.

Investigación abierta

La Guardia Civil prosigue con una investigación necesaria y obligatoria, y de la que hay abierta una causa en el juzgado. Los agentes han recogido ya las imágenes de las cámaras de seguridad que reproducen el trayecto en coche que realizó la mujer aquella mañana y su comportamiento en el estacionamiento de la empresa. Su llegada a primera hora de la mañana, cuando dejó atrás el coche, olvidando que el pequeño estaba dormido en el asiento trasero. El coche estacionado durante las seis horas que permaneció en el descampado al sol y la llegada angustiosa de la mujer, rescatando a su hijo, y tratando de reanimarle. Los padres, y especialmente la madre, están bajo seguimiento médico y la Guardia Civil espera que se encuentren en condiciones de prestar declaración.