Hay una hora en la que el silencio se adueña de la casa: la de la siesta. Los perros se desenchufan y no hay manera de hacer vida con ellos. No están para nadie. Me encanta esa manera que tienen de aislarse, de desconectar del mundo. (Por favor, no os perdáis el artículo del Manuel Vicent del pasado domingo en El País. Se llama ‘Perdita’. He llorado). De pequeño odiaba las siestas, creo que a todos los críos les pasa. Que te metan en la cama en una edad en la que la vitalidad te chorrea por los poros es casi contranatura. Ahora mato por ellas. No me sirven las siestas en el sofá. Las mías son en la cama y desnudo y tengo que tener por delante una hora u hora y media para que me cundan. Me tomo antes un café, leo un poco y reviso el móvil hasta que me entra esa tontuna incontrolable y voy cayendo lenta pero inexorablemente. ¡Ay! Qué bonito me ha quedado esto último. Meterme en la cama por la noche ya no me hace tanta gracia. Tomo no sé cuántos remedios para dormir y, aunque concilio el sueño de manera inmediata, me despierto varias veces a lo largo de la noche. Cuando era más joven dormía muchísimo y podían darme las dos de la tarde sobando a pierna suelta. Ahora ese placer ya no lo gozo. Hacerse viejo también es dormir peor.

Travis, uno de los galgos de Jorge Javier Vázquez

Travis, uno de los galgos de Jorge Javier Vázquez

Cortesía de Jorge Javier Vázquez