Hablo con Rocío Carrasco el fin de semana. Llevábamos días sin darle a la plancha así que tuvimos que emplear cerca de una hora dándole a la sin hueso. Entre otras muchas cosas me cuenta que en el AVE volviendo de Barcelona se le acerca un señor y le dice: “Perdone que la moleste, señora”. “Dígame usted, caballero”. “Es usted, Chenoa, ¿verdad?”. “No. No soy Chenoa”. Lo mejor viene ahora: “Pero ¿está usted segura de que no es usted Chenoa?”. Qué metafísico el caballero. A mí me llegan a preguntar a los diecisiete años si era Paloma San Basilio y no podría haberlo negado.

Terenci y Maruja

Me llegan las 'Memorias completas' de Terenci Moix editadas por Tusquets. Un tocho de poco más de mil páginas al que estoy deseando hincarle el diente aunque ya me las leyera en su día. Porque estoy convencido de que hoy, que desde entonces he vivido y sufrido un poco más, las voy a disfrutar mejor. Así como pienso que no se puede cantar ‘Procuro olvidarte’ con dieciocho años, leer a Terenci o a Carmen Martín Gaite siendo joven está muy bien porque algo se te queda pero cuando verdaderamente los saboreas es cuando la vida te ha dado unas cuantas hostias. Tengo ganas de Terenci, de adentrarme en esa Barcelona del Barrio Chino de la posguerra. Beata, hipócrita, viciosa, chismosa. Como el país de la época. Me abstengo de hacer comparaciones con la España actual. La política está tan repleta de lerdos que incluso denigra escribir sobre ella. Escribiremos mejor sobre la vida, que demasiadas veces nos olvidamos de vivir.

Quiere la casualidad que las memorias de Terenci lleguen a mis manos la misma semana que se emite en 'Lo de Évole' la entrevista a Maruja Torres, una de sus mejores amigas. Amar a Maruja por encima de todas las cosas es uno de los mandamientos que deben llevar impresa en la frente la gente que para mí es de bien. No hago caso a las personas que no tienen en alta consideración a Maruja. Me emocioné escuchándola hablar de la vida, del dolor, del periodismo como sacerdocio. Creo recordar que en ese momento Évole se revolvió y le dijo que estaba en contra de eso. Discrepo de Évole y voy con Maruja.En este oficio se está o no está. Y estar significa estar hasta sus últimas consecuencias, dejando de lado incluso tu vida personal que pasa a convertirse en un rato entra trabajo y trabajo. Yo también lo he vivido así y creo que, por mucho que me resista, no sé vivirlo de otra manera. Y tampoco sé si quiero.

Este trabajo nos da tantísimo que sería de cicateros corresponderle con migajas. A este trabajo se viene a entregar tu corazón y tu vida entera. De lo contrario, mejor elige otro porque la frustración vendrá a recordarte continuamente que te equivocaste de profesión. Este trabajo solo vale la pena si en algún momento has conseguido sentir que la vida fuera de él es un soberano coñazo.

Es sábado al mediodía: los perros están durmiendo, Fortunato rebuznando y yo me siento afortunado porque he hablado con mi madre y la he encontrado exultante. Le digo que la echo de menos y que tengo ganas de verla. Y ella me contesta lo mismo. Pienso mucho en mi madre y ayer pensé todavía más mientras Máximo Huerta contaba cómo estaba siendo la relación con ella en Buñol. Complicada. Difícil. Intuyo que a veces frustrante. La muerte de mi padre me pilló joven y recién llegado a Madrid. No quise que mi recién iniciada vida en la capital se parara por su enfermedad. Hoy, si mi madre me necesitara en Badalona, allí me tendría con el burro y todo.