Vidas propias

Que me acusen de jugar con el trabajo de alguien me subleva

Jorge Javier Vázquez
Jorge Javier

17 de noviembre de 2017, 12:19 | Actualizado a

Me llama mi amigo Fernando Quintela para participar en un intento de récord Guinness que ha organizado OKDiario: un maratón de entrevistas, treinta y cinco horas de palabras, un lío presentado por Javier Capitán y Javi Nieves. Estoy a punto de decirle que no porque los de OKDiario me han hecho unos rotos considerables. Pero dejo a un lado mi malestar y acudo a la llamada de mi amigo. Prefiero ser así que vivir instalado en la rabia. Pero no soporto que hayan publicado que me he cargado a mi amigo Raúl Prieto de la dirección de ‘Sálvame’. Entiendo que escriban que soy vanidoso, insoportable, creído y demás chuminadas. Pero que me acusen de jugar con el trabajo de alguien me subleva.

En el tinglado del récord me encuentro a Inda, el director de la publicación, y le traslado mi enfado. Promete tomar cartas en el asunto, aunque en realidad creo que me da la razón como a los locos. Eduardo Inda es una de esas personas que prefieres no conocer porque te quedas muy a gusto despotricando contra él cuando lo ves por la tele. Pero fuera del trabajo es simpático y risueño. O sea que los argumentos para cargártelo se van a tomar por saco.

No conozco a Marhuenda. Pero todos los que trabajan con él también me hablan maravillas. A mí me pone los nervios de punta. Pero dicen que fuera del plató es lo más alejado de un carca que puedas echarte a la cara. Otra que en su día se me atragantaba cada vez que salía por la tele era Carolina Bescansa. Pero ahora que no está la echo de menos. Me he dado cuenta de que es uno de los mejores elementos con los que cuenta Podemos. Lo malo es que en su partido parece que la tienen castigada.

Todas estas reflexiones –seguramente absurdas– me vienen a la cabeza mientras dejo de estudiar el guion de ‘Grandes Éxitos’. Como si no tuviera pocas, ya tengo una nueva obsesión que añadir a mi cabecita loca: el estudio de la función. Estoy todo el día dándole vueltas al texto y pidiéndole que me lo pase a cualquiera que se ponga a tiro. El jueves obligué a Óscar, mi profesor de canto, a que me pasara la lección en la cocina mientras esperábamos a que P. terminara de preparar la comida. Y ahora, sábado por la tarde, precisamente estoy esperando a P. para que me repase las dieciocho páginas que ya me sé del texto. Él no lo sabe, pero le espera un fin de semana apasionante.

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