El viernes me planto en el Palacio de los Deportes de Madrid para ver a Rosana. La amo desde sus comienzos y verla en directo es toda una experiencia. Sus canciones me remueven sentimientos olvidados y provoca que recuerde con nostalgia experiencias ya vividas que me gustaría repetir. Como quise hacerme el moderno fui con deportivas sin calcetines y pasé un frío de la leche. Por culpa de mi tontuna tuve que irme del concierto antes de que acabara pero como le puse en un mensaje a la artista, prometo seguirla en su gira como si no hubiera mañana. Hay que recuperar las buenas costumbres.

Gozaron de sus canciones Belinda Washington, Lydia Bosch o Ana Milán, que bailaba como una descosida y se sabía al dedillo todo todito el repertorio. Como soy tan tímido me quedé clavado el asiento y no tuve valor para levantarme y ponerme a bailar, que es lo que hacía todo el mundo. Debieron pensar que no me gustaba. No, no era eso. Lo que pasa es que soy muy raro.