Me acuerdo de cuando empezó lo del coronavirus y decíamos: “Cuando acabe todo esto...”. Y entonces enumerábamos un sinfín de planes que íbamos a cumplir a rajatabla. Decir más veces “te quiero”, conectar con nosotros mismos, descubrir el placer de las pequeñas cosas, intentar que la ansiedad no nos domine, llevar a cabo viajes preciosos... Un mundo ideal. Pero es que “todo esto” no ha llegado a acabar en ningún momento porque a la primera ola le sucedió una segunda, una tercera y así sucesivamente hasta llegar a ómicron, que fue otra pandemia en toda regla. Entre la ómicron y la guerra de Ucrania sucedió también otra calamidad o quizás se encadenaron. Ya no sé. No la recuerdo. La inflación, sería. El caso es que desde enero tampoco hemos levantado cabeza.

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Estamos deseando que la guerra acabe porque creeremos así que el dolor ha terminado, pero la realidad es otra. ¿Quién les devuelve la vida y de qué manera a todas las personas que han abandonado su país? ¿Quién les devuelve sus sueños, sus luchas? Eso en el mejor de los casos, porque a ver cómo consiguen consuelo aquellos que hayan perdido a sus seres queridos en una guerra tan absurda. Tengo la sensación de que la expresión “cuando acabe todo esto” jamás volverá a tener sentido. Siempre estaremos inmersos en una guerra, en una crisis, en algún lugar que nos provoque desasosiego. La única paz que algún día conoceremos es la propia y tampoco tengo muy claro cómo se consigue. Nuestra mente es un territorio conflictivo al que hay que dedicar muchísimo esfuerzo para que no se desmande. Atarlo en corto es una tarea ardua y muchas veces infructuosa. Quizás tengamos que aceptar que, por mucho que nos guste la paz, a veces es inevitable entrar en guerra contra nosotros mismos. Nos cuesta vivir sin sobresaltos porque entendemos, quizás de una manera equivocada, que vivir así no tiene ninguna gracia.