Antonio David se piensa que yo no lo trago, pero no es verdad. De hecho, él piensa que hay mucha gente que no lo traga, lo cual debe ser cierto, pero pertenece a ese grupo de personas que ve enemigos donde no los hay. Y si no, se los inventa, porque a él le viene muy bien echarle las culpas a alguien de un pasado desdichado, un presente incierto y un futuro desconcertante. Antonio David es una persona poco responsable con su existencia. Cree que las cosas malas que le han pasado en la vida son por culpa de la mala fortuna o de que Júpiter esté sobrevolando Saturno. Jamás reconocerá que es responsable de alguna de sus hostias más vitales, más sonadas.

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A veces me produce ternura y otras rechazo. No soporto que sea incapaz de decir de corazón que se ha equivocado. Pronuncia la palabra “perdón” con la boca chica, intentando que pase desapercibida. Tampoco aguanto que cuando ve que la mierda empieza a salpicarle aplique la teoría del ventilador –mierda para todos– y no haya cristiano que salga indemne por alguna tropelía que él y solo él ha cometido. Es muy permisivo con los errores propios y durísimo con los ajenos. Ve a alguien pillado en falta y en vez de apiadarse apunta la falta cometida para restregársela cuando le viene bien. Para registrar equivocaciones ajenas tiene un cerebro tan portentoso como el de Bill Gates.

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Pese a todo lo que acabo de escribir, me cae bien, porque todos los embaucadores tienen su punto. Es malón, tiene olfato televisivo y la suficiente desvergüenza como para soltar auténticos misiles sin casi despeinarse. Además, entiendo que él como yo sufrimos o hemos sufrido el síndrome del impostor. Ninguno de nosotros dos entiende que la vida nos haya permitido la posibilidad de ganarnos el sueldo en televisión y siempre estamos pensando que de un momento a otro aparecerá alguien que nos desenmascarará y nos enviará de vuelta a nuestra casa. Y esa inquietud genera algo de miedo y repercute en tu carácter. A mí el síndrome ha ido desapareciéndome con los años –todavía me quedan restos–, pero entiendo que Antonio David, después de tantos años de ostracismo, debe estar sufriéndolo en todo su apogeo.