El sueño incompleto de Lady Di, al que se opuso Isabel II

Roberto Devorik, gran amigo de Diana de Gales, desvela el trabajo que Diana de Gales quería desempeñar, pero al que a su ex suegra, Isabel II, se opuso

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Conchi Álvarez de Cienfuegos

Redactora Jefe de Clara Corazón

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Antes de morir, Diana de Gales tenía un nuevo objetivo vital. Tras haber sido madre con solo 21 años, dedicar todo su cariño y protección a sus hijos, y ganarse no solo el cariño de todo un país, sino del mundo entero, Lady Di tenía un nuevo sueño que hacer realidad. Ahora que se cumplen 25 años de su fallecimiento, desvelamos cuál fue esta última aspiración de la princesa más querida por todos.

Roberto Devorik, confidente de la ex esposa del príncipe Carlos, ha hablado con El País sobre cómo fueron los últimos meses de la vida de Lady Diana Spencer. “Tenía las ideas muy claras”, cuenta su íntimo amigo. Tras volver de un viaje solidario en África, en el que pudo ver con sus propios ojos el drama de lo que suponían las minas antipersona, Diana de Gales le comunicó su deseo de convertirse en “revolving embassador del Reino Unido en el mundo”, o lo que es lo mismo, embajadora de buena voluntad o itinerante.

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Diana de Gales en Angola. Lady Di deseaba convertirse en embajadora de buena voluntad del Reino Unido

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Hacía un año que Lady Di había firmado los papeles de divorcio de Carlos de Inglaterra. Un año en el que la Spencer más contestataria había perfilado, aún más, su imagen de princesa entregada a las causas sociales. No quería ser un ornamento más de la casa real británica; el plan que tenían para ella desde que contrajo matrimonio con el padre de sus dos hijos. Ella deseaba algo más. “No le interesaba la política, pero sí tenía inquietud por la parte humana y social de la política”, reconoce Devorik, que comenzó su amistad con ella debido a que durante años fue su asesor de imagen.

El viaje que lo cambió todo

Comprometida con la infancia y con enfermedades tales como el SIDA; Diana de Gales dedicó sus últimos meses de vida a su faceta más solidaria. En enero de 1997, ocho meses antes de su muerte, viajó a Angola donde puso de manifiesto el horror con el que lidiaban a diario miles de personas en el contente africano. Este viaje cambió algo dentro de ella, y fue a su regreso cuando manifestó su deseo de convertirse en embajadora de buena voluntad del Reino Unido. Todos recordamos esas imágenes de ella ataviada con un chaleco antibalas y una pantalla de metacrilato en el rostro recorriendo un campo minado. Ese paseo significó mucho, pues desveló una realidad a la que pocos prestaban atención. Cuando Diana de Gales dirigía su mirada a una causa, conseguía que el mundo entero mirase hacia donde ella miraba. De esta manera, consiguió que el debate acerca de las minas antipersona, que estaban matando y mutilando a una población entera, fuera llevado a otro nivel.

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Diana de Gales, en 1997, en un campo de minas en Angola

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Isabel II se opuso a sus deseos

Sus últimos meses de vida fueron mucho más que paseos en yates y cenas en restaurantes de lujo con Dodi al Fayed. Sus últimos meses incomodaron a su familia política y al Gobierno del Reino Unido. Era la nota disonante en una melodía que marchaba al ritmo de una directora de orquesta que no estaba dispuesta a cambiar su manera de hacer las cosas. Y precisamente con Isabel II había hablado sobre su deseo de se embajadora, algo a lo que la monarca se negó en rotundo. Sus visiones de lo que debía de ser una representante del país británico no podían confrontar más, por lo que no accedió a los deseos de su ex nuera; quien, tras la negativa, no cejó en su objetivo y, tal y como le dijo a su gran amigo, Diana organizó una reunión con el Ministerio de Asuntos Exteriores para discutir su papel como cuerpo diplomático. “No quería terminar como una princesa dedicada a besar bebés y cortar cintas o, mucho peor, como una princesa en el exilio, cruzada de brazos”.

Diana de Gales tenía 36 años cuando falleció y unas aspiraciones sociales que jamás fueron entendidas por sus congéneres. Tenía toda la vida por delante para hacer lo que deseaba para sí misma. Afortunadamente, su legado no acabó con su muerte. Sus hijos lo han mantenido vivo, entendiendo que ser parte de la familia real es mucho más que posar en fotografías. Las convicciones de Guillermo y Enrique son férreas, algo de lo que, sin duda, su madre estaría muy orgullosa. No fue embajadora, acabó siendo maestra.

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