Después del mes de agosto retomo mi rutina semanal en estas páginas para contaros las cosas que me pasan en la vida. No penséis que es fácil para mí enfrentarme cada semana a ese folio en blanco para plasmar mis vivencias. Hay veces que uno controla los tiempos y los sentimientos, pero otras veces no es posible. El verano para mí es reencontrarme con mi ciudad, con mi familia y con mi gente, y este año lo he podido hacer. Lo primero que intento es que mi madre disfrute de Málaga aunque ya, desgraciadamente, no le apetezca ir a la playa. Sé lo que ella ha disfrutado tanto y tanto del mar. Siempre ha sido una valiente a la hora de meterse en el agua y no una cobarde como esta que escribe. Yo veía una miniola y no era capaz de meterme, pero mi madre siempre estaba saltando las olas y disfrutando.

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Me quedo con que lo ha podido hacer muchos años de su vida y lo ha saboreado con gusto. Ahora ya no se siente segura para hacerlo. De alguna manera, sé que le cuesta cambiar de ciudad, de localización, de su rutina y salir de su casa. Lo ha pasado bien viendo a su hermana, Concha, y a su hija, todos los días e incluso a la hija mayor de su hermana, Lely. Hemos pasado los días jugando a las cartas y tengo que reconocer que siempre me gana. Tanto es así que mi madre me dice que soy muy torpe jugando. Quiero dejar claro que, aunque se haya dicho que nos hemos tenido que venir de Málaga de una manera precipitada, no es verdad. Mi madre tenía previsto estar una semana y es el tiempo que hemos estado juntas allí. Ha sido un verano atípico y lo digo para bien.