Vidas propias

Se he creado la leyenda urbana de que me opero cada dos por tres

Jorge Javier Vázquez
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18 de mayo de 2018, 10:59 | Actualizado a

Tras el fallecimiento de José María Íñigo leí un artículo en el que se contaba que un día se le acercó una señora y le dijo: “Está usted más gordo que en televisión” Y él le respondió: “Y usted tiene menos dientes”. Quizás a alguien le parezca exagerada la salida del periodista pero yo la entiendo a la perfección.

Se ha instalado entre un sector de la población que la gente que trabajamos en televisión debemos aguantar lo que nos echen porque va en nuestro sueldo. Que como nos metemos a menudo en sus hogares pueden decirnos lo que les da la gana porque hay confianza. Pero como ya sabemos, la confianza da asco. Y la sinceridad está muy, pero que muy sobrevalorada. No recuerdo cuándo fue la última vez que le dije a alguien que había engordado. O que estaba demasiado delgado, porque conozco a gente que lo pasa muy mal por no poder coger kilos y se pasan buena parte de su vida teniendo que explicar a personas que no conocen que no están enfermos.

Cuando acabo la función en el Rialto me hago fotografías con la que gente que ha venido a verme y al colgarlas en las redes leo comentarios tipo: “No te operes más”, “Tienes la cara desfigurada”, “Deja de tocarte la boca” y así. Podría explicarles que me ven raro porque no me quito el maquillaje del teatro, que es diferente al de la televisión porque la iluminación es distinta. Pero de nada serviría. Se he creado la leyenda urbana de que me opero cada dos por tres, cosa que me hace gracia porque con el ritmo de trabajo que llevo tendría que operarme los domingos y hacer la función con la cara hecha un cuadro. Que en realidad es lo que hago, por eso me ven así. Hinchado como un pez globo. Luego están los que exclaman muy orgullosos que jamás han pasado por el quirófano y entonces, después de examinarlos detenidamente, entorno los ojos y digo para mis adentros: “Pues deberías”. O aquellos que se atreven a darte consejos sobre tu trabajo, dictaminando qué está bien o qué está mal y proponiéndome absurdas soluciones para salir adelante. Todos estos que esgrimen la sinceridad para largarte cuatro bofetadas sin manos no son fans, aunque ellos piensen que sí. O al menos a mí no me gustan esos presuntos seguidores.

A mí me emociona hasta la lágrima esa chica que después de ver la función me escribe un mensaje a mi Instagram diciéndome que le he ayudado a sobrellevar la muerte de su hermano, fallecido en un accidente. O aquella señora que me contó que nada más enterrar a su padre vino al teatro porque tenía la entrada comprada desde hacía tiempo, y estaba segura de que su padre la entendería y estaría contento. Y me emocionan muchísimo todas esas personas que vienen de Las Palmas, Tenerife, Bilbao –por citar algunas ciudades- sólo para verme. Esto es lo que yo entiendo por “fan”. Personas con las que por una u otra razón he conectado. Lo demás es gente y, francamente, sus opiniones no me interesan.

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