Durante las vacaciones conseguí quitarme a Risto de la cabeza. En verano desaparecen las complicaciones y se está tan bien en la playa que piensas, como Escarlata O’Hara, que de los problemas ya te ocuparás mañana. Hasta que el mañana llega. Una vez reincorporado a la rutina profesional pensaba: “En algún momento, tendré que volver a encontrarme con él. Nos quedan por hacer los directos de ‘Got Talent’ y tampoco voy a ir a trabajar con tanto mal rollo”.

Así que decidí escribirle un mensaje muy conciliador proponiéndole un encuentro para solventar nuestras diferencias. Él tardó más de lo esperado en responder, y cuando lo hizo fue en un momento bastante inoportuno para mí: era un jueves y yo estaba reunido para una de las galas de ‘GH Revolution’. El mensaje era tremendo. No he podido volver a leerlo por su dureza. Me dejó descolocado, paralizado. Pero tampoco podía dedicarle muchos pensamientos porque tenía una gala que presentar. Sin embargo –creo que fue al día siguiente–, recibí otro mensaje suyo pidiéndome que me olvidara del anterior, y aceptando un almuerzo.

Quedamos enseguida en un japonés. Hizo la reserva él y pidió una sala aislada, supongo que para que pudiéramos hablar tranquilamente e incluso chillarnos si hacía falta. Pero no, eso no sucedió. En cuanto nos vimos, comenzamos a reírnos y a decir: “Anda que…”, “Pero qué te pasó”, “No, qué te pasó a ti”, y frases por el estilo. Fue un almuerzo distendido y divertido. Charlamos sin rencores, pusimos nuestros sentimientos sobre la mesa y salimos del restaurante con la sensación de que en nuestra relación había cariño sincero. Lo que nos sucedió en ‘Got Talent’ es lo más natural del mundo si te tomas en serio tu trabajo. Cuando pasas muchas horas con tus compañeros, se crean unos vínculos especiales. Vas cogiendo confianza y eso es un arma de doble filo porque te vas atreviendo a decirles cosas que, en determinado momento, pueden resultar conflictivas. Y sobre todo te metes en una dinámica muy interesante. Te crees tanto el programa que no toleras que le den un ‘no’ a un concursante que te ha hecho vibrar. Entonces, saltan chispas e irremediablemente algún día se produce un cortocircuito.

Las discrepancias entre los jueces son reales. No existen imposturas ni creación de falsos conflictos. El formato funciona como un reloj porque hay cientos de personas velando por él. Los jueces somos el reflejo de esa audiencia que asiste emocionada a las demostraciones de talento, o se sorprende por la caradura de algunos participantes. Risto, Edurne y Eva son brillantes e indiscutibles, unos compañeros excelentes que reman con fuerza a favor del formato. Por no hablar de Santi, el mejor maestro de ceremonias que puede tener este programa. Y en cuanto a Risto, poco más que añadir. Como diría Amaral “a veces lo mataría y otras, en cambio, lo quiero a morir”. Pero sé que es un compañero en el que se puede confiar. No me parece poca cosa.