El asunto de la profesión de los novios o aspirantesa serlo es algo que cuando yo era muy joven me preocupaba mucho. Siendo yo el primer miembro de la familia que iba a la universidad –y con lo pesado que se puso mi padre con ese tema– creía que mi pareja también debía ser universitario.

No es que lo valorara, es que para mí resultaba fundamental que tuviera una carrera y que fuera un gran lector. Consideraba un plus que fuera al teatro, al cine y que controlara de exposiciones. Y que fuera una bestia parda en la cama, por cierto. Con los años empecé a desarrollar una grandísima querencia por los bailarines aunque estos pasaran de mí como de comer ambrosía.

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Siempre me atrajeron sus cuerpos y la energía que me enviaban desde el escenario. Recuerdo que no tenía tanta predilección por los actores. Los veía a todos más aseñorados, más serios. El bailarín –de comedia musical, especifico– contagiaba alegría de vivir. Creo que nunca ligué con ninguno aunque lo intenté con cien mil. Me siguen atrayendo los bailarines, no solo por lo obvio sino por la dureza que hay detrás del oficio; ensayos, trabajo extenuante y mucha dedicación para en demasiados casos no ser bien tratados. Hay en ellos un halo de vulnerabilidad que me atrapa.

Luismi, el chatarrero, tiene pinta de ser muy poco vulnerable, de bailar mal y tener unas ideas políticas poco progresistas, por decirlo de una manera fina. A simple vista, no es un hombre que entre por los ojos. Quiero decir que no cumple con los cánones estrictos de lo que podríamos considerar un tío bueno. Sin embargo, no se sabe qué tiene el caballero que se las lleva de calle.

No repara en años ni en condición, y eso es lo que más me tiene sorprendido de él. Para bien. Yo no entiendo cómo se ha podido ligar a una mujer como Agatha Ruiz de la Prada. Probablemente ni ella lo haya podido asumir nunca, y supongo que en su día debió pasar un mal trago cuando tuvo que confesarle a alguna de sus elitistas amigas la identidad de su oscuro objeto del deseo.

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Pero lo que hace grande a Agatha no es que pasee a Luismi por salones dorados y recepciones pijas. No. Lo que la hace inmensa es que después de haber roto con él confiese que no está muy segura de volver a picar. Atención al verbo utilizado, que me encanta: ‘Picar’. Cuando uno ‘pica’ con alguien lo hace a sabiendas que el sujeto en cuestión se la va a meter doblada, que no sé yo si es la expresión más adecuada en este caso pero sí la más ilustrativa. Yo me entiendo, y vosotros, también. Ya le puede decir su hija Cósima que ese hombre no le pega ni con cola, que Agatha, si está enganchada, no le va a hacer caso ni al lucero del alba.

A mí los bailarines me siguen atrayendo porque nunca he estado con uno. Agatha, después de la época de intensidad vivida con su anterior pareja, parece que lo que anda buscando es un hombre que le haga reír, un compañero que le reste tragedia a la vida y que le explique que en este mundo más vale que nos divirtamos porque ni sabemos cuánto vamos a durar ni qué viene después. En fin, que algo tendrá el agua cuando la bendicen. Si Agatha está tan colada ahora, me dan ganas a mí también de conocer al tal Luismi. Por curiosidad, ¿eh?, no como pareja. Que conste.