El sábado después de almorzar cogemos carretera y manta rumbo a Cáceres. Ya para empezar el paisaje me parece precioso pero al llegar a la ciudad me quedo embobado. Imperdonable fallo haber tardado tanto tiempo en conocerla. Pasear por el casco histórico es un placer absoluto. Qué belleza. Qué cuidado todo. Qué orgullo poder decir que alguien es de esta ciudad. Si bonito es recorrerlo de día, mágico es hacerlo por la noche. Lo malo es que enfrente del hotel hay un convento de clausura que vende dulces artesanales. P. se está frotando las manos desde que se enteró.