Anoche se alzó con la victoria, si es que representar a España en Eurovisión es un premio mayor -que se lo digan a Manel Navarro, aunque tratasen de hacernos creer que todo le va estupendamente-. Alfred se imponía, junto a Amaia, al trap de Ana War y Aitana y volvía a cantar, por tercera vez, el tema con el que se trasladarán hasta Lisboa para intentar repetir victoria. No lo tendrán fácil. Crucemos los dedos para que la magia que ha conseguido engatusarnos se transmita a los espectadores de medio mundo. Con todo, Alfred ya había tenido su momento minutos antes. Uno de esos que, de verdad, marcan la diferencia. ¿La culpa? Un traje.

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Subirse al carro de la crítica de OT es tremendamente sencillo. Igual que lanzarse a aupar el formato al Olimpo de las bondades. Ni lo uno, ni lo otro. Tampoco nos pasemos. Es cierto que esta vuelta de Operación triunfo ha conseguido poner en evidencia a sus competidores más directos. Ha dado, de verdad, una lección televisiva. Ha combinado a la perfección -y, posiblemente, por pura casualidad- el impacto de las redes sociales y las emisiones tradicionales. Ha dado todo el material a los twitteros para que hagan lo que les apetezca y se vayan cebando ellos solos de cara al lunes. Ni las promos son necesarias. Éxito en mayúsculas.

Si bien, la verdadera revolución no pasa por los cambios que llegue a producir en televisión. Va muchísimo más allá. OT ha conseguido mostrarnos, en vivo y en directo, la realidad de una generación a la que nos ha dado por despreciar. Y nos han dado un buen repaso. Mientras nos deleitábamos en afirmar que los millennials no tienen interés por nada, que desconocen cualquier cosa del pasado y que se pasan el día toqueteando el móvil sin oficio ni beneficio, estos chicos de veintipocos traían al prime time de la cadena pública los mensajes que sus responsables no se atreven a manifestar. Cuando no los censuran.

OT ha hablado de transexualidad, de diversidad afectivosexual, de feminismo, de machismo, de respeto, de igualdad y lo ha hecho con una naturalidad apabullante. Como debería hacerse, ni más ni menos. Alfred apostaba anoche por el traje diseñado por Ernesto Altillo que ya había revolucionado la alfombra roja de los Feroz. “¡Yo soy feminista!”, exclamaba el concursante cuando le preguntaban por su elección estilística. Así, sin paliativos. Así, sin concesiones. Ese es el verdadero triunfo de la edición. El gesto, la repercusión y el sonoro bofetón a las estructuras establecidas.

Subirse al carro de la crítica a OT es fácil. Pensar que miles de adolescentes -y no tan adolescentes- que sufren cada día el acoso, el menosprecio en carne propia han podido sentirse identificados con los habitantes de la Academia lo es más. Las lágrimas de Alfred tras escuchar el discurso de Javi Calvo son la explicación que necesitamos. Por supuesto que esto es un concurso, por supuesto que detrás hay una maquinaria capitalista que funciona. ¿Y dónde no? Ver la emoción de un joven al que le dicen 'no te preocupes, todo saldrá bien' debería reconciliarnos con todo. Incluso con el mundo. Fuera hay muchos Trumps, sí, pero también hay muchos Alfreds. Y eso tampoco deberíamos olvidarlo.