Vidas propias

"Cuenta la leyenda urbana que me llevo a matar con Sandra Barneda"

Jorge Javier Vázquez
Jorge preparando Supervivientes

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Supervivientes

7 de abril de 2017, 11:15

Primera toma de contacto con mis compañeras de ‘Supervivientes’. Nos juntamos para hacer las fotos de promoción y aprovechamos para echarnos unas risas. Cuenta la leyenda urbana que me llevo a matar con Sandra. Prefiero no desmentirla porque está muy bien que se especule con esas historias y sobre todo porque digamos lo que digamos no nos van a creer, así que mejor no perder energías con asuntos que no lo merecen.

Lara tiene una forma física espléndida. Nos quedamos a cuadros cuando nos cuenta que en Honduras se comprará un saco para darle fuerte al boxeo. Además piensa llevarse sus tablas de gimnasia para no dejar de hacer deporte. “¡Qué fuerza de voluntad!”, exclamamos casi a la vez Sandra y yo. Luego nos quedamos con los ojos como platos cuando comparte lo que pretende hacer el primer día de la gala. Definitivamente es nuestra héroe.

Yo ando metido ahora en líos espirituales gracias a Nacha Guevara, a la que conocí en 2010 en Madrid y con la que durante un tiempo mantuve una relación muy estrecha aunque ahora estemos algo desperdigados. Tiene ya 76 años aunque no aparenta más de 50. No sé si es suya la frase que tanto utiliza: “Cumplir años es obligatorio, envejecer es opcional”. Ella fue la primera que me habló del ayurveda y de la meditación trascendental. Me presentó a Pilar, de Haryt Ayurveda, que me enseñó a meditar y a mostrarme un mundo que hasta la fecha no era para mí más que ciencia ficción. En realidad, casi todo para mí es ciencia ficción. Cuando era pequeño me reía de mi madre porque no sabía programar el vídeo y ahora yo no tengo ni idea de cómo se programa la tele. Risto dice que me quedé anclado en el siglo XIX. Yo también lo creo y es algo que no llevo con desesperación sino con orgullo. No me interesa la tecnología. Si por mí fuera volvería a aquella época en la que se salía a pasear. A aquellos años en los que no te movías de casa por si acaso te llamaba alguien que te gustaba. A aquellos tiempos en los que abrías con ansia el buzón para ver si tenías carta. Qué no daría yo por empezar de nuevo.

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