Al cumplir 18 años Rocío Carrasco se había ido de casa para vivir con su guardia civil, y, orgullosa como su madre, al parecer le espetó: “No me hace falta tu dinero, yo sé ganarme la vida”. ¡Y vaya si lo hizo! Como modelo de trajes de novia recorría Catalunya de centro comercial en centro comercial con la marca Tot Nuvis de Paco Flaqué y de la mano de Hilario López Millán, que la llevó incluso a un Gaudí, donde desfiló con David Meca y la Jesulina.

Rocío Carrasco desfilando con traje de novia
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La rueda de prensa de Argentona la había organizado Amador con grandes camiones de televisión aparcados en la calle, mientras centenares de vecinos del pueblo vitoreaban a los periodistas famosos. Una emocionada Rociito contó en ‘petit comité’ que su madre le había dicho: “Sé que estás preñada… Pues aquí estoy y no te preocupes”.

Para organizar la boda, la madre exigió: “Para mi Rocío, como la infanta Elena”, que se acababa de casar en Sevilla, usando incluso el mismo ‘catering’. ¡Todo era poco para su hija y para lo que iba a venir! La Jurado adoró tanto a su primera nieta que cuando Ortega toreaba en Barcelona se alojaban en el Juan Carlos I y la abuela enviaba a su marido a otra habitación para poder dormir con Ro. ¡Hasta la llevaban a comer marisco al Botafumeiro, la sentaban en una trona, le ponían babero y la niña aprendió a pelar una gamba antes que a hablar! Claro que, en realidad, Rocío y Ortega ya no dormían juntos. Rocío Jurado le había revelado a su íntimo amigo Luis Sanz, que a su vez lo relató en sus memorias inéditas, que quería separarse, pero no por ninguna infidelidad del torero, sino por falta de intimidad conyugal. ¡De tener sexo contra un árbol en la Yerbabuena bajo la noche estrellada habían pasado a la frialdad más absoluta!

Rocío Jurado y Ortega Cano

“Necesito hacer el amor a diario”

Ya Rocío me había confesado ese día lejano de Valencia: “Necesito hacer el amor todos los días”. Y también: “Desde hace seis años no me ha faltado nunca una noche de pasión con mi Petrosko”. Solamente podía vivir con un hombre si había ‘eso’ porque “¡soy mucho mujerío!”. No obstante, cuando se puso enferma, Ortega se convirtió en el más devoto de los maridos, aunque muchas veces el dolor lo sobrepasaba, se rompía y tenía que encerrarse en una habitación para beber y llorar su pena. Pregunto a quien la conoció mucho: “¿Se asombraría de lo que está ocurriendo estos días?”. “En absoluto, era muy larga y tenía un gran instinto para adentrarse en la psicología de las personas... Quería mucho a sus nietos, pero a su hija, ay, su hija...”. Lo sé, lo vi: “Ven aquí, reina de mi corazón, que te doy la luna y las estrellas...”.