Iñaki Urdangarin ocupa sus largas horas escribiendo para no volverse loco

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Iñaki Urdangarin lleva un año y una semana en Brieva. Quizás podría obtener un permiso en diciembre –si así lo decide la junta de prisiones–, pero antes debe pasar por el duro calvario del verano más caluroso del siglo, según auguran los meteorólogos. Con ello se restringirán sus ya limitados movimientos. No puede salir al patio, que el año pasado alcanzó una temperatura de cincuenta grados, lo que imposibilita los paseos interminables de punta a punta que va contando entre dientes: uno, dos, cincuenta. La celda, que tiene aire acondicionado, se convierte en su único refugio. ¿En qué ocupa sus largas horas, entonces, para no volverse loco? “¡Escribe!”, me informan escuetamente. Pregunto qué escribe. “No se sabe. A mano, folio tras folio...”. Podrían ser cartas a su cuñado, para conmover su corazón; a sus suegros, para dar explicaciones; a sus

hijos, para aconsejarles a pesar de la distancia; a su mujer, tratando de reverdecer aquel amor loco que los unió hace ya veintidós años; a sus hermanos, que tan bien se han portado con él; a la madre querida... ¡Amigos ya no le queda ninguno! Quizás sea un diario o reflexiones sobre su paso por prisión, como el ‘De profundis’ de Oscar Wilde. No lo sabemos, pero escribir escribe compulsivamente. Ah, y un último apunte humano: ¡los domingos ve la misa por televisión!

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Iñaki Urdangarin

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