“Elena hubiera sido feliz haciéndose monja”, me comenta una persona que ha estado muy cerca de ella. Desde su separación, lleva una vida monacal y no ha conocido varón, algo consecuente con su forma de pensar, ya que delante de los ojos de Dios sigue casada con Marichalar.

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Es tan severa en sus juicios como su madre, pero mientras Sofía cultiva una religiosidad difusa y algo estrambótica, en la que se mezclan lo católico onda integrista, lo ortodoxo, lo budista, las enseñanzas indias del gurú Mahadevi e incluso la teosofía de madame Blavatsky, que cree en la reencarnación y la trasmigración de las almas, Elena es católica a machamartillo. El único hombre de su vida es su padre. “Hola, papá, ¿cómo estás?” “Muy bien, chiquitina”.