Una de las condiciones de la monarquía es “matar al padre”. En sentido metafórico, claro está. Es cierto que usted, Don Juan Carlos, hizo lo mismo con el suyo, y el suyo con el suyo.

Sí, pero…


Me cuentan que los desprecios y humillaciones vienen de muy atrás. Que cuando le facilitaron un despacho en el Palacio Real, en realidad se trataba de dos incómodas habitaciones de techos altos, con tan solo un pequeño calefactor, y que en su única visita había agarrado tal trancazo que no había vuelto nunca más. Que comentaba a sus amigos que debía ir a tal ceremonia y en el último momento se le avisaba de que su presencia no era necesaria. Que… que… hasta que usted dijo: “Pues se acabó”. Y también sé que culpa a Letizia, porque es el eslabón débil, pero quizás yerra el tiro. ¡Uy, no! El tiro no. No más disparos, Señor.