Sábado lluvioso así que nos quedamos en casa. Ahora que pienso: si hace bueno también solemos quedarnos en casa, Pero parece que la lluvia te quita el complejo de culpa y no te da mal rollo estar todo el santo día incrustado en el sofá. A las diez ponemos Telecinco para ver a Jesús. ¡Ay!, a mí me hace mucha gracia el programa que presenta. Es un disparate ilustrado. Lo bueno que tienen estos programas es que los famosos se lo tomen en serio y en este caso parece que les vaya la vida en ello. Sobre todo a Vicky Martín Berrocal, a la que ahora llaman Victoria. Es el exceso hecho carne. Le toca cantar una canción de Manuel Carrasco y como le han dicho que es muy sentimental ella se pone a llorar antes de tiempo y sus ojos echan más agua que la Fontana di Trevi. Durante el programa llora muchas más veces: porque le dicen cosas bonitas, porque se acuerda de su padre o porque todavía queda mucho para que toque otro año bisiesto, da igual. Jesús Vázquez lleva las riendas con maestría y Alaska y Mario están tan bien como siempre. La presencia de Toño Sanchís es lo de menos. Quizás, hasta incluso esté de más. Antes de irme a la cama veo a Rosa Díez en La Sexta y pienso en el olvido. En lo necesario que es ejercitarlo. Acude al plató de televisión para presentar un libro -una manera más de seguir permaneciendo en el disparadero- y mientras explica el contenido del mismo me pregunto por qué no acepta que su tiempo ya ha pasado. Descarga toda la culpa de su fracaso en los demás y la mínima autocrítica que se hace resulta que es todo un elogio para ella misma. Para que luego digan que no se aprende con la televisión. Ver a Rosa Díez hace que recuerde lo importante que es irse cinco minutos antes de que se acabe la fiesta. Decidir cuándo largarse y no que te inviten a marcharte.

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