Cada vez me gusta más que me pinchen las venas. Ahora que estoy más delgado, me las encuentran más fácilmente, y cuando atinan a la primera, me siento feliz. Tengo venas que son cañones, me han dicho muchas enfermeras.

En cierta ocasión, una muchacha que me conocía de la tele se puso tan nerviosa que, después de martirizarme con varios pinchazos, tuvo que llamar a otra compañera para que realizara la extracción. Ahí lo pasé fatal, pero el martes encuentran la vena al segundo intento. Ni tan mal. Al bajarme al quirófano, me cruzo con una enfermera que lleva un bebé en brazos. Y veo a varios pacientes tumbados en sus camas pegados a las vías. “Qué curioso –pienso– el principio y el fin en tan corto espacio de tiempo”.

Artículo relacionado

Desde que estoy estudiando a Séneca, ando un poco revuelto; tanto que la vida se me hace cada vez más incomprensible. En cualquier caso, pienso que tengo suerte, que debe ser terrible pasar largas temporadas en un hospital sin un atisbo de esperanza, que lo mío comparado con lo de otra mucha gente es una auténtica chorrada.

Si te paras a pensar, casi siempre tienes motivos para darle gracias a la vida. Conforme se acercaba el momento de la prueba, decidí que si me tenía que volver a operar de nuevo, me cogería un año sabático y me dedicaría a tomar el sol sin descanso. Son los mecanismos que tiene la mente para enfrentarse al miedo: te coloca trampas en forma de premio para que puedas seguir adelante.

Así que esperé el dictamen muy tranquilo, fantaseando con la idea de volver a Tailandia y disfrutar de sus paradisíacas playas sin límite. Pero no. No será en esta ocasión: todo va bien. Hasta mitad de año no tengo que volver de nuevo a otra revisión. Cómo pueden ser de importantes solo tres palabras: “Todo va bien”.

Desde que me operé la última vez, no dejaba de pensar en esta prueba. Cuánto tiempo he perdido poniéndome en lo peor, imaginando que debía volver a parar de nuevo. Cuando verdaderamente te das cuenta de que la vida no depende de ti, entras en un estado raro. Como de estar despidiéndote continuamente. Pero no es desagradable, que conste.

Te das cuenta de que todo se puede romper en cualquier momento y, aun así, sientes que, aunque sea por curiosidad, hay que seguir. Rescato una foto que me hicieron mis amigos Óscar y Adrián el 4 de diciembre. La he bautizado como ‘Esperando el porvenir’.