Me llama Belén Rodríguez todas las mañanas y me dice: “No sabes lo bien que me está cuidando Kiko”. Kiko es Kiko Hernández. Está en su casa desde que le dieron el alta y ella está feliz. Y tranquila, porque a pesar de sus absurdos temores no le tuvieron que amputar la pierna durante la operación. Le ofrecí mi casa, pero prefirió ir a la de Kiko. “Está tan pendiente de mí... Me trae el iPad, mi alma –pienso yo para mis adentros–, para qué quieres que te vaya a ver si desde que te caíste tenías la casa infestada de gente. Que tu casa parecía un bar en vez del hogar de una enferma. Ya sabes qué poco me gustan los bares si no se puede ligar. Y en tu casa, de ligar, más bien poco. “Pero Belén –le repito constantemente–, cuando la gente se olvide de tu pata chunga y no vaya a verte, ahí me tendrás siempre a mí dispuesto a hacerte una videollamada”.

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Hoy va Rociíto a almorzar a casa de Kiko. “Belén, hazte una foto con ella para mi blog”. “Es que me da vergüenza”, me contesta. “Bueno, pues ya le dejaré yo un mensaje de voz”. Qué pocas cosas está la gente dispuesta a hacer cosas por mí, yo que me desvivo por todo el mundo. Al final me echo la siesta y cuando me despierto Rocío y Fidel ya se han ido de casa de Kiko. Y Belén no se ha atrevido a pedirles la foto. Ten amigas para esto.