Instagram se ha convertido en el nuevo bar. Antes, si querías ligar, no te quedaba otra que ponerte mono y zambullirte en la tarde-noche. Ahora basta con subir fotos a la red y esperar. No queda otra. Lo de pretender conocer a alguien durante la noche está trasnochadísimo. El reparto ya se ha realizado antes de pisar el bar o la discoteca: se acude a ellos para tontear con el que estás tonteando previamente en Instagram. En cuanto a tener relaciones sexuales, olvídate si pretendes conseguirlas en los lugares de ocio. La gente ya sale ‘hecha’ –eufemismo– de casa. Es la nueva normalidad, no te puedes revolver contra ella. Sí, somos muchos los que echamos de menos el contacto visual mientras bailas, el “¿cómo te llamas?”, el hacerte el encontradizo en una barra. Pero todo eso pasó a la historia. A mí, para esos asuntos no se me dan especialmente bien las nuevas tecnologías.

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Primero, por una cuestión de logística. Vivo en una urbanización a las afueras de Madrid y quedar con alguien de una aplicación para acostarme no me resulta nada fácil: los planes más cercanos me salen a diez kilómetros así que tienen que desplazarse o desplazarme. Y entre que hablas, quedas y toda la mandanga pues se te baja el calentón. Durante algún tiempo he fantaseado con la idea de tener un picadero en Madrid. Un pisito de soltero para dar rienda suelta a un incesante trasiego de sábanas. Es mucho más sencillo así porque en el centro hay más movimiento de lo mío. Pero después de sopesar la idea he decidido que no lo voy a hacer porque creo que ya no tengo la mente para coleccionar aventuras sin parar.

Soy un romántico, qué le vamos a hacer, y esos encuentros esporádicos tienden a dejarme con más asiduidad rasguñas en el alma. Será la edad. O la carne, que se estremece cada vez con más pasión con el contacto de una nueva piel y teme no volver a sentir esa reparadora electricidad. O la memoria, que te susurra que cómo tu cuerpo puede pasar sin esos escalofríos tan placenteros. Y te vuelves loco pensando cuándo será la próxima vez. De jovencito, siempre relacionaba el sexo con la pérdida, con la despedida. Porque era incapaz de alargar encuentros que se producían casi siempre de manera furtiva y por la noche. Me asustaba la luz del día y lo que conllevaba de exposición, de aceptación. Ahora lo que me asusta es que el tiempo pase tan rápido porque a los 50 me estoy entreteniendo con más libertad que a los 20.