¡Para que luego digan que para fiestas, Hollywood! ¡Já! En Mónaco se sabían divertir, lo mismo, o más, que en la meca del cine. Grace Kelly podía comparar. Pasó los años de su carrera cinematografíca entre rodajes y eventos en los que el champán corría como si fuera agua y, después, ya, como princesa, en las celebraciones más elegantes y chic de Europa.

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Sin duda, una de las más atrevidas de en cuantas se la recuerda tuvo lugar en el año 1969, cuando se celebró la Cena de las Cabezas y ella se disfrazó con un espectacular tocado de emperatriz japonesa del siglo XVII ¡Qué barbaridad de corona! ¡Cuántismo brillo! ¡Cuantísimo oropel! ¡Cuantísimos postizos! ¡Si la suya parecía la cabeza de una concursante de Drag Race! Y es que la celebración tenía un dress-code claro: los invitados debían llevar en sus rostros motivos exóticos o que recordaran a personas, reales o ficticios, reconocibles por todos. Y a eso se agarró su marido, Rainiero. Al príncipe no se le ocurrió disfraz mejor que convertirse, por una noche, en el mítico Fu Manchú. Digamos que, la que salió ganando en cuestión estética fue ella. Bueno, también es verdad que lo hizo siempre. Y perdonadnos la maldad.

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Un fiestón impresionante, que haría sonrojarse al actual Baile de la Rosa, donde hay poco atrevimiento a la hora de elegir look y mucho estilismo comedido. Va a ser verdad que ya no se hacen cenas como antes.

Bueno, y no sabéis lo mejor: los invitados. Sofía Loren lo dio todo todísimo con un tocado que por pocas eclipsa al de la anfitriona (¡menudo atrevimiento, Sofía!); se trataba de una creación llena de strass y pedrería, en color azul y que representaba a una diosa (¡cómo no!) de los mares. Genio y figura.