Vivía en un chalet en las afueras. Otoño, lluvia, tristeza. Me recibió enfadada: “Los de Televisión Española son unos cabrones, me quieren poner de comparsa de Norma Duval. ¡Que se vayan a tomar por c…!”. Y luego me soltó la exclusiva: “Vivo sola, con el niño y la tata”. Fumaba nerviosamente: “Joder, no he tenido suerte en el amor, no sé coquetear, doy miedo a los hombres, ¡que harta estoy de ejercer de Pigmalión!"

"Mis amigos me dicen: ‘A ver cuando te enamoras de alguien que no sea un mierda, que valga más que tú, que no envidie tu fuerza ni tu fama…”. ¡Fama! ¡Esas fotos recorriendo las calles de Madrid en coche abierto como Franco! Pero fue como nombrar a la bicha. “¿Qué dices? Si Franco me odiaba, y la extrema derecha me sigue odiando porque no me callo…”.

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Quise retomar el tema que me había llevado allí: “¿Pero Pablo…?”. Se puso en pie, desmelenada, furiosa, y me gritó: “¡Y una leche te voy a contestar! Me han apuntado aquí en mi casa con pistolas… ¿y vienes y me preguntas esas chorradas? ¿Es que los periodistas tenéis derecho de pernada sobre nosotros? ¡Vete e investigar quién quiere matarme!”.

Cuando apareció esta entrevista, las amenazas arreciaron, incluso en la redacción recibimos anónimos y, al final, Massiel se tuvo que cambiar de casa. El otro día me la encontré en Antena 3, guerrera y joven: “Tira del pelo, no llevo extensiones, ¡y mira que uñas!”. Reía: “Soy feliz porque los hombres me importan un pito y hago lo que me da la gana”.