Sigo a Samantha Villar en Instagram porque me transmite muy buen rollo y comparte reflexiones estupendas. Una de las que más me han gustado hace referencia a sus hijos. Confiesa que le ha sorprendido lo obedientes que están y lo bien que han aceptado el confinamiento. Otras madres con las que ha hablado del tema también le han hecho la misma observación. Y mi amigo A., padre de dos hijas pequeñas, viene a decirme más o menos lo mismo; que en este tipo de situaciones los niños te dan muchísimas lecciones porque comprenden mejor que los adultos lo que sucede y se adaptan con menos problemas a la situación.

Lo que pasa es que los adultos –y esto ya es cosecha propia– tendemos, en un acto de egoísmo increíble, a transmitir a los hijos nuestros miedos y nuestras histerias. Nacemos felices pero la educación que recibimos nos protege o nos vuelve inútiles. O intransigentes. O intolerantes. O libres. Después de escuchar media hora la misma canción de Alberto Cortez me paso a ‘En el último trago’, de Chavela Vargas. “Otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores”. En vez de brindar conmigo mismo alterno videollamadas con ‘Viva la vida’. Meriendo entreteniéndome con los presuntos vaivenes emocionales de Suso y Alejandra Rubio y doy gracias porque estas historias de colegiales me ayuden a evadirme de nuestra absurda y tenebrosa realidad.