Pienso yo ahora en echarme un novio y me entran unos cuantos males

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Viene mi madre a pasar unos días a casa antes de que comience a arrastrar maletas de aquí para allá y resulte imposible coincidir. La Mari aparece con dos kilos y medio de gambas de Palamós y otros tantos de calamares. “Jorge –me explica–, los llevaba encima de la mesica del AVE, pero, como les había puesto hielo, al derretirse han empezado a soltar agua y los he tenido que poner en el suelo”. Las cosas que hacen las madres por los hijos me parecen a veces ciencia ficción. Antes, cuando iba a visitarla a Badalona, volvía a casa con piñas y sobres de jamón envasados al vacío. Hasta que un día dije ‘basta’. Como si en Madrid no hubiera piñas ni jamones. Pero vamos, que me ha alegrado la vida con el cargamento de gambas y calamares porque tan buenos como los que ha traído no los encuentras en la capital. Ayer por la noche, empezamos a dar buena cuenta, hemos seguido hoy a la hora del almuerzo y todavía nos quedará algo para la cena. Me encanta ver con mi madre ‘First Dates’. La cojo de la mano, comentamos las citas y nos aventuramos a señalar quiénes acabarán juntos o quiénes se harán un ‘Tú a Boston y yo a California’. Me fascina ‘First Dates’ porque hay mucha verdad en el programa. Me produce mucha ternura esa gente de mi edad que llega vencida, decepcionada, ansiando una pareja que la ayude a arreglar esa vida que llevan y que tiene poco que ver con la que imaginaron. Le pregunto a mi madre que si la llevo al programa y me responde que ‘nanay’. Antes, cuando le decía que por qué no se echaba un novio, me respondía: “Sí, claro, no tengo yo otra cosa que hacer que lavarle los calzoncillos a un hombre”. No es la única mujer de su generación a la que le he escuchado semejante reflexión. Relacionan tener pareja con un aumento de las tareas domésticas y, claro, para eso mejor estar solas que planchando las camisas de otro. Siempre me acuerdo de lo que me contaba una tía de mi padre, la tía Josefa de Cieza. Vivió la Guerra Civil, para que la podáis ubicar en el tiempo. Se murió el marido de la vecina de arriba y, al ir a darle al pésame, se encontró a la señora bailando y cantando: “Blas, Blas –que así se llamaba el difunto–, no me joderás más, Blas”. Pienso yo ahora en echarme un novio y me entran unos cuantos males. Creo que para empezar establecería lo de dormir en camas separadas al menos tres días por semana. Y qué bonito sería vivir en casas separadas. Qué digo en casas, en ciudades bien alejadas una de la otra. Y arrejuntarse solo para vivir lo bueno de la convivencia y no el sabor a legaña que impregna todo día a día.

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