El fin de semana quedo con los de Lecturas para hacer las fotos de la entrevista que aparece en este número. Llamo a Fernando, mi entrenador, para que me ponga a tono durante la sesión. Entre foto y foto hago ejercicios de bíceps, pierna, flexiones. Aprieto una pelota para congestionar el pecho y no sé cuántas cosas más.

Reconozco que hago los ejercicios a escondidas porque me da apuro que me vea el equipo que está trajinando por casa. Hay algo/mucho de ridículo en los reportajes en bañador. Buscas poses imposibles que disimulen un pliegue en la tripa, una estría, un músculo poco desarrollado.

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Durante la sesión me creo que estoy bueno y miro a la cámara con la seguridad que otorga tener la certeza de que todo el mundo querría revolcarse conmigo. Ante todo, actitud, que luego ya vendrá el tío Paco con las rebajas. Me gusta el verano por esos cuerpos esplendorosos que se abren paso entre camisetas ajustadas. Pero a la vez me da reparo porque hay muchos tíos que utilizan un calzado que deja los pies al aire. ¡Ay! ¡Qué peligro!

Siempre que veo a un hombre en chanclas mi mirada se va hacia sus pies. Es una relación de amor/odio la que tengo con esa parte del cuerpo. Me da mucho asco ver unos pies descuidados y los hay que hasta me provocan arcadas. Pero también lo contrario. Un pie bonito me pone muy cachondo. Me atraen los que están bien morenos y las uñas blancas y sanas. No me gustan los pies peludos. En general, no me gusta el pelo en el cuerpo. Me gustan las pieles imberbes porque así se deslizan mejor durante el frote.