El viernes voy al Bellas Artes de Madrid con P. a ver a Lola Herrera en ‘Cinco horas con Mario’. Cuando era pequeño era tan crédulo que creía que la función duraba verdaderamente cinco horas. Y no, dura cerca de una hora y media, que para mí es la duración ideal de una función porque cada vez tengo menos paciencia. Será la rapidez con la que vivimos, que nos obliga a consumir cosas diferentes a intervalos cada vez más cortos. El caso es que el viernes, durante la función, miro la hora por primera vez y por curiosidad ¡cuando ya ha transcurrido una hora! “No puede ser”, me digo. “¿Ya ha pasado una hora? Pero por favor, si yo lo que quiero es que esto no acabe nunca”. Porque lo que hace Lola Herrera encima de un escenario es algo impactante. Qué dominio tan imponente de su oficio, por favor.

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Su trabajo con el texto de Delibes es sencillamente magistral. Cada palabra con su intención, cada gesto –por pequeño que sea–, perfectamente medido. Por no hablar de la frescura que transmite la interpretación de Lola aun después de estar representando el texto durante cuarenta años de manera alternativa. Es tal la fuerza que desprende que parece que hubiera estrenado ayer. Pecado mortal perderse el trabajo de la actriz. Porque, además de gozar con ella, disfrutas con un texto que, aunque está ambientado en el año 1966, nos habla de unos pensamientos tan reaccionarios que vuelven a nuestra sociedad con una fuerza inusitada. En el patio de butacas las rancias reflexiones de la viuda de Mario provocan risas y a veces hasta carcajadas. Pero no nos despistemos, esos pensamientos están hoy, lamentablemente, más vivos que nunca. Finaliza el espectáculo y Lola tiene que saludar no sé cuántas veces porque la ovación es brutal. Luego nos vamos a tomar algo con ella y eso ya nos lo quedamos P. y yo ‘pa’ nuestros cuerpos. Menudo regalo…

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Compartir charla con alguien como Lola Herrera es un regalo pero de los grandes que te puede dar la vida. Me pasó como con mi Mila, que la diferencia de edad nunca fue un obstáculo para conectar. Lola Herrera tiene ochenta y seis años, lo cual en su caso resulta algo anecdótico. Porque la ves y hablas con ella y en ningún momento se te pasa por la cabeza que estés viendo o hablando con una señora mayor. Lola es una mujer comprometida, luchadora, lúcida. Una auténtica joya. Nos reímos, nos emocionamos hablando de los que se van pero están con nosotros, compartimos algún que otro chisme y me despido de ella con la firme promesa de que volveré a verla en el teatro y luego nos vamos a cenar juntos. Porque a Lola, tanto en el escenario como fuera de él, hay que gozarla como si no hubiera mañana.