Hoy es un domingo más domingo que otro. Normalmente los domingos me permito hacer poca cosa pero este quiero ser más consciente que nunca de que no voy a hacer nada. Solo dejar pasar el tiempo para poder pensar en Travis con tranquilidad. Travis se fue el viernes. Decidimos llevarlo al veterinario para que pudiera descansar en paz porque ya le costaba mucho respirar y rechazaba el pavo que le ofrecíamos. Esa fue la señal definitiva de que el fin estaba cerca porque Travis jamás le ha dicho que no a ningún tipo de alimento. Pero el viernes despreció el pavo. Y lo llevamos al veterinario. Y al cogerlo para bajarlo del coche miró al señor que trabaja en casa y se fue. Desde entonces no nos lo quitamos de la cabeza.

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Todavía no hemos borrado de la pizarra qué pastillas debía tomarse y a qué hora. Travis era independiente, pedigüeño y ligeramente gruñón. Muy delgado, tanto que cuando se enroscaba parecía una ensaimada. Yo lo he llorado un poco. Muy poco, porque todavía estoy en shock y todo el que me conoce sabe que soy de emocionarme tardíamente. Lo voy a echar mucho de menos. Últimamente te lo encontrabas parado en cualquier estancia de la casa, cogiendo fuerzas para dar unos cuantos pasos más hacia ninguna parte. ¡Ay, Travis! Cuánto amor dejas. Y también dolor, pero un dolor que puede resultar hasta placentero. Porque sabemos que te vas después de haber sido feliz durante muchos años en nuestra casa. Ayuda a mitigar tu ausencia saber que te salvamos de la calle. Me encuentro a mucha gente que dice que no quiere tener perros porque cuando se marchan se pasa muy mal. Yo siempre les digo que adopten, porque el dolor que sufres cuando el momento llega es ínfimo comparado con el que pasan los animales abandonados. No solo se enfrentan al frío de unas calles siempre peligrosas sino que corren el peligro de morir sin saber lo que es una caricia.

Travis nunca fue el colmo del mimoserío pero últimamente no hacía más que buscarnos la mirada. Yo le agarraba su cabecita y me lo quedaba mirando intensamente. Así nos comunicábamos. ¿Qué nos decíamos? Nada. No hacía falta. Bastaba con mirarnos. A mí la mirada de cualquiera de mis perros me estremece. Son hipnóticas. Y ahora me falta la de Travis, que allá donde esté sé que estará un poco triste por lo perdidos que nos ve. Ahora hay cinco perros en la casa. Son muchos, sí, pero nos faltan dos. Cartago y Travis. Ahora hay que recuperarse un poco y empezar a pensar en salvar a otro galgo de la calle. Cartago y Travis nos lo agradecerán .