No he estudiado a fondo el tema, pero se me quedó grabada una de las frases que me dijo mi psicóloga:“El cerebro es química y electricidad”. Y cuando alguna de las dos cosas no están compensadas, algo falla y te empiezan a pasar factura en el estado anímico. Bendita química que nos ayuda a continuar.

La de gente que me ha escrito –alguna de ella muy conocida– confesando que también toma antidepresivos pero que no se lo cuenta a nadie.¿Por qué esta resistencia a confesar que somos humanos? ¿Por qué no asumimos que de vez en cuando necesitamos una puesta a punto para seguir transitando por la senda de la vida? Bendita química, pero también benditos psicólogos. Con los años distingo entre quienes nos hemos preocupado por acudir a terapia y quiénes han pasado olímpicamente porque pensaban que era una pérdida de tiempo.

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Empecé a ir a los veintisiete para enfrentarme a mi homosexualidad, luego a mi trabajo y después a mi vida en general. Ahora voy todas las semanas porque necesito un lugar en el que desahogarme sin que me juzguen. Me gusta seguir yendo a terapia. Mi psicóloga dice que ir a consulta es un trabajo de puntada fina, que las cosas no se arreglan en un par de sesiones. Hay gente muy hermética que se siente muy culpable porque es incapaz de compartir los pensamientos que la atormentan. Qué equivocados están y qué pena me produce que puedan llegar a sentirse mal por ese motivo.