Vidas propias

Me escriben veinteañeros que quieren tener rollo con alguien "maduro" como yo

Jorge Javier Vázquez
Jorge Javier

19 de octubre de 2018, 11:19 | Actualizado a

Sigo con mis andanzas en el Grindr. Ya me ha pasado más de una vez: me escriben veinteañeros que quieren tener rollo con alguien “maduro” como yo. “Maduro”, habéis leído bien. “Maduro”. La palabra me hace daño a la vista aunque creo que debo empezar a acostumbrarme a ella e intentar conservarla durante mucho tiempo porque a saber cuál es la que viene detrás de esa. Qué curioso el asunto de la edad.

Cuando yo tenía veinte años los de cuarenta me parecían ancianos y ahora que tengo cuarenta y ocho resulta que jamás había estado mejor. Ha cambiado incluso mi relación con la muerte. Antes me aterrorizaba y ahora convivo con ella con mucha tranquilidad. Saber que me voy a morir me hace más libre. La posibilidad está ahí, no tenemos que mirar para otro lado. Lo pienso mucho ahora que viajo tanto en coche por la función. El domingo saldré de casa a la una del mediodía, llegaré a Elche, representaré la obra y al acabar volveré a casa porque el lunes muy temprano tengo una grabación. Y así me voy a pasar muchos domingos de aquí a julio. La mala suerte acecha en cualquier curva. Y en cualquier esquina.

Llega a mis manos un libro sobre Concha García Campoy, una compañera excepcional con la que trabajé varios años en la radio. Era una mujer enamorada de la vida, disfrutona, siempre con una sonrisa en la boca, divertida, muy generosa. Y una maldita leucemia se la llevó por delante demasiado pronto. Cuando te conviertes en alguien “maduro” empiezas a darte cuenta de que la muerte no te es tan ajena. Y empiezas a valorar cosas que antes te parecían insignificantes: hablar con tu madre, un día de sol, una película con café y manta, acariciar a tus perros o una cena con amigos.

Llego el miércoles a casa tardísimo después de una jornada laboral extenuante, me sirvo una copa de vino y navego por Netflix a ver qué encuentro. Doy con “Strike a Pose”, un documental que reúne veinticinco años después a los bailarines que acompañaron a Madonna en el “Blond Ambition Tour”. Tan maravilloso como descarnado, doloroso y triste. Reconozco sobre todo a uno de ellos, un chico con media melena que me parecía muy sexy. Quién iba a pensar que tanto él como otros dos bailarines más sufrían tanto durante aquella época. Los veía bailar y eran el paradigma de la felicidad Mientras Madonna advertía a las masas desde el escenario de los peligros del SIDA tres de ellos convivían con la enfermedad en silencio por temor al rechazo. Aterrorizados. Porque en aquella época el diagnostico significaba muerte asegurada. Por mucho que quisieran no podían olvidarse de su realidad porque todas las noches la artista para que la trabajaban recordaba en sus conciertos que se debían tomar precauciones para librarse de un fallecimiento anunciado. Acabada la gira los bailarines caen en una espiral de autodestrucción, drogas y alcohol. Todos menos uno –que muere de SIDA- logran sobrevivir con mayor o menor fortuna. Qué hartón a llorar, por favor. Menos mal que, por encima de todo, siempre nos queda la esperanza. ¿ Y por qué estoy escribiendo tanto sobre la muerte? Porque a veces nos olvidamos de que estamos vivos. La vida es mucho más placentera cuando aceptamos que nos vamos a morir. Siempre que escribo sobre estos temas recibo mensajes en Instagram con reflexiones que me ayudan muchísimo. Por cierto, acaba de saltarme un mensaje en el Grindr. Un muchacho de veinticuatro años me llama Don Jorge Javier para acto seguido escribirme que me conservo fenomenal. ¡Hay que ver! Y el tío pensará que me ha piropeado.

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