Acepto mi cuerpo y me empieza a aburrir ver a tanto maromo en Instagram

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Jorge Javier Vázquez
G3

Todos nos creemos guapos. O, al menos, más guapos que el común de la media. A esta sesuda conclusión he llegado después de analizar cientos de mensajes que llegan a mis redes sociales. Hay amabilísimos, por supuesto que sí. Y luego están los otros, los que inciden de manera negativa en el físico. Se fijan en mi altura –“botijo”, “enano”, “retaco”–, en mi complexión e incluso en mi edad.

Me llama la atención que ya sean bastantes los que hacen referencia a mi edad. Me dicen que ya se me empiezan a notar los años o directamente me llaman “viejo”. Algunas veces, por curiosidad, echo un vistazo a la gente que llama “feo” a los demás. El panorama es desolador: pieles poco nutridas, pelos quemados y, en algunos casos, dentaduras poco cuidadas o incluso clamorosas ausencias de piezas dentales. Creo que la costumbre de vernos nos ayuda a reconciliarnos con nuestros defectos. Solemos ser compasivos con nuestra fealdad porque la tenemos muy vista, pero rechazamos el defecto en el contrario porque, a menudo, nos recuerda a alguno nuestro corregido y aumentado.

Yo me veo cada vez mejor, quizá porque me miro cada vez menos. Físicamente, jamás fui el que quería ser. Siempre he dicho que la época en la que más he ligado fue la de la facultad. Creía que estaba bueno y, aunque me sobraban kilos por los cuatro costados, jamás me vi gordo. Con los años puse tanto empeño en tapar mis defectos que no hice más que agrandarlos. Ahora pienso que la cosa podría haber ido a mucho peor. Acepto mi cuerpo y mis circunstancias y me empieza a aburrir ver a tanto maromo enseñando cacha en Instagram. Echo de menos tener que echar mano de la imaginación para imaginarme sinuosos oblicuos y pezones tentadores.

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Jorge Javier Vázquez

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