Ocurrió en el Reino Unido hace unos días, pero podría suceder en cualquier parte del mundo, en cualquier momento. El hombre, azorado por no pasar por maleducado, reprimió un estornudo y la presión hizo el resto. Al principio no notó más que un fuerte crujido, pero al cabo de un par de horas había perdido la voz y sentía un dolor inaguantable.

Al llegar a urgencias, los doctores se quedaron muy sorprendidos, la rotura de faringe es rara, y se da en casos de vómitos o toses fuertes, por lo que al principio no sabían qué es lo que le había sucedido al paciente, pues no presentaba ninguno de esos síntomas. Examinaron rápidamente el tejido blando de la garganta y oyeron otro chasquido. Descubrieron que lo que crujía eran burbujas de aire atrapadas entre los músculos de su garganta.

Al cerrar la nariz y la boca, la presión del aire del estornudo le había ocasionado un pequeño orificio en la faringe. Por suerte era tan pequeño que no tuvo que ser intervenido quirúrgicamente, simplemente le administraron antibióticos. El hombre al final no se ha llevado más que el desagradable susto.
El doctor Wanding Yang, autor del informe del hospital donde fue tratado, explica que un estornudo dispara gotas de mucosa a una velocidad de 150 km/h. Si se reprime, ese aire presurizado necesita salir por algún lado. Tratar de reprimirlo es muy peligroso, puede provocar lesiones en los senos paranasales, en el oído medio e interno, y en el tímpano.
Así que ya sabemos, nada de tratar de contener los estornudos: puede que no quedemos como la persona más fina del planeta, pero salvaguardaremos los oídos y la garganta, y el único susto que daremos a los demás será el de nuestra repentina sacudida.