Tristemente, los protagonistas de esta semana han sido mi compañero Lequio y Ana Obregón. Nunca un fallecimiento nos ha sacudido tanto. Miles de personas hemos llorado por la pérdida de Álex. Ha conseguido vestir de luto a todo un país que lo ha despedido con un sentimiento de orfandad común.

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Se convirtió en un gran ejemplo de fuerza y optimismo para todos aquellos que lo han seguido y admirado durante su enfermedad. Siempre cuidado y protegido por unos padres que lo han cogido de la mano en ese camino difícil sin soltarle en ningún momento. Aún ahora, con esa actitud de respeto y delicadeza en la despedida de su hijo, lo siguen protegiendo. Álex sigue vivo en esa difícil sonrisa de Ana a los compañeros de prensa que han cubierto la noticia con el máximo respeto. Y en un Alessandro abatido que no magnifica públicamente su dolor. Así lo habría querido él y ellos lo saben.

Un recuerdo indeleble

Tienen por delante un trecho de dolor muy largo. Es inevitable. Pero la imagen de ese niño que nunca perdió la sonrisa les va a ayudar. Álex se ha ido pero, de alguna manera, se queda. Se va a quedar en el recuerdo infinito de sus padres y de todos los que lo hemos visto crecer. Detesto las despedidas y me resisto a esta. La cara de esperanza y paz de este niño en los momentos más difíciles de su vida la voy a tener siempre presente cuando entre en episodios banales, de esos que hacemos crecer por no medir su importancia. Así que, desde aquí, Álex, te deseo que descanses en paz pero que sigas sonriendo eternamente. Y solo espero que ahora seas tú el que no sueltes de la mano a tus padres. Te necesitan más que nunca. Hasta siempre, campeón.