En el punto de Mila

Lo más acertado que hizo Eugenia fue separarse de Fran

Mila Ximénez Eugenia Martínez de Irujo
Mila Ximénez y Eugenia Martínez de Irujo

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3 de octubre de 2018, 07:00 | Actualizado a

Mi amigo Rubén, responsable del grupo Chicote, está consiguiendo recuperar un espacio lleno de historias que habíamos olvidado y que era necesario recuperar. Detesto las fiestas y los saludos fingidos. A estas alturas de mi vida me interesan muy poco el baboseo y el disimulo. Pero los Premios Chicote tienen la habilidad de no mezclar frikismo con talento. Y ahí está el éxito. Nadie va con tacones prestados ni currículum de alquiler.

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Ahí están los premiados por méritos propios, sin paseos por alfombras rojas y mezclándose en un ambiente distendido sin más parafernalia que el disfrute. Entre ellos, este año, estaba Eugenia Martínez de Irujo. Conozco a Eugenia desde hace muchos años, pero hacía tiempo que no coincidíamos. La vi cuando llegué a Chicote. Volví a ver a esa niña que se escapaba de su apellido para vivir su vida en libertad y que lo sigue haciendo. Eugenia es una de las personas con las que más me he divertido. No conoce las distancias sociales y siempre disfruta de lo que tiene alrededor, aunque tuvo una época de ajuste después del divorcio con Fran Rivera que la hizo aislarse. Creo que esa separación fue lo más acertado que hizo en su vida. Eran seres opuestos. Francisco tiene un concepto de pareja que no encaja con ella. Es de ese tipo de hombres que entienden la libertad de las mujeres como algo que, de alguna manera, las mancilla. Tal vez le tocó proteger a su madre de los corrillos callejeros y eso le hizo madurar y blindarse, contemplar el futuro al lado de una mujer que no fuera demasiado visible. Eugenia es todo lo contrario. Incluso cuando desaparece, al regresar sigue llamando la atención.

Me consta que le ha costado encontrar al hombre de su vida. Ahora sé que lo ha hecho. Nunca la había visto tan radiante y tan feliz. Ha recuperando esa sonrisa de niña sin la más mínima mueca de vigilancia. Conocí a su marido y me fascinó. Ella lo presenta con un vuelo de plumas y te quedas enganchada cuando lo mira. Ha encontrado a alguien que respeta su espacio y le inocula ganas de vivir al trote. Se lo merece.

Eugenia viene de una familia en la que las formas están por encima del fondo y ha habido momentos en los que eso ha estrangulado su día a día. Ahora ha vuelto a reír y a mirar la calle sin miramientos palaciegos. Sí, me encantó reencontrarme con ella, pero sobre todo verla con esa felicidad que solo es posible si convives con alguien que te desviste de abalorios inútiles y te deja bailar descalza. Eugenia ha encontrado un compañero de viaje que la lanza al aire sin advertirte de peligros que solo están en la mente de los que tienen miedo a vivir en libertad. Ahora sí. ¡Me recuerda tanto a su madre!

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